JOHAN WOLFGANG GOETHE


mohoso vestido y su luciente lamparita, agítase ligera en
confusa mezcla, donde cada cual trabaja por su propia
cuenta, como hervidero de luminosas hormigas, y afanosa se
ajetrea de un lado a otro, atareada a diestro y siniestro.
Emparentados de cerca con los dóciles duendes, bien
conocidos como cirujanos de las rocas, escarificamos las altas
montañas, sangramos las repletas venas; amontonamos metal
y más metal, llenos de confianza en el saludo: "¡Buena suerte!
¡Buena suerte!". Y esto es con la mejor intención del mundo,
pues somos amigos de los hombres de bien. Con todo,
extraemos el oro a la luz del día para que se pueda robar y
alca-huetear, y procuramos que no falte hierro al hombre
soberbio que ideó el asesinato general. Y quién' desdeña los
tres mandamientos, tampoco hace caso de los demás. Todo
eso no es culpa nuestra; así, seguid, como nosotros, teniendo
paciencia.

LOS GIGANTES
Se les apellida hombres salvajes, y son bien conocidos en
las montañas del Harz. En su natural desnudez en toda su
pujanza, llegan juntos, gigantescos, con el tronco de abeto en
su diestra, en torno de su talle un abultado cinto y el más
rudo mandil hecho de ramas y hojas, guardia del cuerpo
como no la tiene el Papa.

NINFAS EN CORO
(Rodean al gran Pan). ¡También llega él! El Todo del
mundo está representado en el gran Pan. Vosotras, las más

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