FAUSTO


EL ESCUÁLIDO
¡Lejos de mí, repugnante sexo mujeril! Ya sé que por
vosotras nunca soy bien acogido. Cuando la mujer cuidaba
aún del hogar, llamábame yo Avaricia. Entonces todo iba
bien en nuestra casa: entraba mucho y nada salía. Yo velaba
solícito por el arca y el armario. Esto podría ser muy bien un
vicio; pero como en estos últimos años la mujer ha perdido
la costumbre de ahorrar, y, lo mismo que todo mal pagador,
tiene muchos más antojos que escudos, por eso le queda al
pobre marido no poco que sufrir; a cualquier lado que vuelva
la vista, no hay sino deudas. Si devanando puede ella ganar
algo, lo emplea para su cuerpo y para su amante; come
también mejor y bebe aún más con la caterva maldita de
galanteadores. Esto acrece para mí el atractivo del oro; soy
del género masculino: ¡el Genio de la Avaricia!

LA MUJER PRINCIPAL
Muéstrese tacaño el dragón con los dragones, pues al fin
y al cabo eso no es más que farsa y mentira. Viene para
exasperar a los maridos, como si no fuesen ya harto
fastidiosos.

LAS MUJERES EN MASA
¡Vaya un espantajo! Atízale una manotada. ¿Qué quiere
con sus amenazas ese potro de tormento? ¡Si vamos a temer
su facha grotesca! Los dragones son de madera y cartón.
¡Ánimo, y arrojaos sobre él!



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