FAUSTO


direcciones.) Tomad estas preseas de oro para la garganta y las
orejas, y también esta peineta, estas pequeñas diademas sin
tacha y piedras preciosas de gran valor montadas en sortijas.
Prodigo asimismo de vez en cuando peque-ñas llamas, que
esperan donde puedan prender fuego.

EL HERALDO
¡Cómo agarra y pilla la amable multitud! El dador casi se
halla en un aprieto. Lo mismo que en un sueño, tira las
alhajas haciendo castañetear los dedos, y todos las cogen al
vuelo. Mas ahora veo nuevos artificios. De lo que cada uno
cogiera con tanto afán, realmente ningún provecho sacará,
puesto que las dádivas se le escapan volando. El collar de
perlas se deshace, y multitud de escarabajos pulula en su
mano; el pobre diablo se los sacude de encima, y ellos
zumban en torno de su cabeza. Otros, en lugar de objetos
sólidos, atrapan frívolas mariposas. El truhán que tantas
cosas prometió, no reparte más que vano oropel.

EL MANCEBO CONDUCTOR
Ciertamente, a lo que veo, sabes anunciar las máscaras;
pero penetrar dentro de la envoltura de los seres, no son las
funciones cortesanas de un heraldo. Esto requiere una vista
más perspicaz. Con todo, quiero evitar toda contienda. A ti,
señor, dirijo preguntas y discurso. (Vuelto hacia Pluto.) ¿No me
confiaste el huracán de la cuadriga? ¿No guío acaso con
destreza cual tú ordenas? ¿No estoy allí donde tú indicas? ¿Y
no he sabido con atrevidas alas conquistar para ti la palma?

273

272