FAUSTO


EL TEMOR
Hachas humeantes, lámparas y antorchas despiden pálido
fulgor en medio de la turbulenta fiesta. Entre estas engañosas
figuras, la cade-na ¡ay! me retiene cautiva. ¡Apartad, ridículos
reidores! Vuestra risa burlona me causa recelo, todos mis
adversarios me acosan esta noche. Aquí un amigo se ha
vuelto enemigo, conozco ya su disfraz; aquél pretendía
asesinarme, y ahora se escabulle al verse descubierto. ¡Ah!
¡Cuán de grado, por cualquier camino, huiría yo lejos de este
mundo! Pero más allá me amenaza la aniquilación, y así
fluctúo entre las som-bras y el espanto.

LA ESPERANZA
Os saludo, hermanas queridas. Hoy y ayer os habéis com-
placido ya en las mascaradas, pero sé con certeza que mañana
todas vosotras os despojaréis de vuestros disfraces. Y si a la
débil claridad de las antor-chas no hallamos un singular
encanto, iremos en días serenos entera-mente a nuestro
propio arbitrio, ora acompañadas, ora solas, a recorrer libres
las hermosas campiñas; a nuestro talante descansaremos o
trabajaremos, y llevando una vida exenta de inquietudes, sin
sufrir jamás privaciones, nos esforzaremos siempre en
alcanzar el ideal. Como huéspedes bien recibidas en todas
partes, entramos con plena confianza. No hay duda: el bien
supremo se ha de encontrar en alguna parte.

LA PRUDENCIA



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