JOHAN WOLFGANG GOETHE


¡Choquen los vasos! Tin, tin. ¡Hacedlos chocar,
mamarrachos! Cuando suenan los vasos, la cosa se acabó.
No digáis que yo me he extraviado, pues me hallo donde
me cuadra. Si no me fía el tabernero, me fiará la tabernera, y
si no, en fin, me fiará la criada. Yo siempre bebo, bebo y
vuelvo a beber. ¡Arriba vosotros! Tin, tin. Cada uno a la
salud de cada uno, y así todos, uno tras otro. Pero me parece
que la cosa se acabó.
Cómo y dónde me divierto, eso me importa un bledo.
Dejadme estar tumbado aquí donde estoy, porque no me
puedo tener ya de pie.

EL CORO
¡Que cada compañero beba y beba! Echad alegres un
brindis. Tin, tin. Tenemos firmes sentados en el banco y la
tabla. Para aquel que está debajo de la mesa, la cosa se acabó.
EL HERALDO anuncia diversos poetas, poetas naturalistas,
trova-dores de corte y de caballería, lo mismo sentimentales que entusias-
tas. En esta turba de competidores de todo género, ninguno deja recitar a
los otros, Uno de ellos pasa furtivamente diciendo algunas palabras.

UN POETA SATÍRICO
¿Sabéis lo que más me deleitaría a mí, poeta? Poder decir
y cantar lo que nadie quisiera oír.
Los Poetas de la noche y de las tumbas se hacen excusar porque en
aquel preciso momento están ocupados en una interesantísima plática
con un vampiro recién resucitado, de la cual podría originarse quizás un
nuevo género de poesía. El Heraldo se ve precisado a admitir tales

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