JOHAN WOLFGANG GOETHE


No penséis hallaros en tierras alemanas, con sus danzas
de diablos, locos y muertos. No; una divertida fiesta os
espera. El Señor, en sus viajes a Roma, para su provecho y
vuestro placer, ha transpuesto los altos Alpes y ha
conquistado para sí un risueño reino. El Empe-rador en
persona pidió primero a las santas chinelas el derecho al
poder, y al ir en busca de la corona para él, trajo también
consigo el capuz para nosotros. Ahora todos renacemos,
todo hombre que tenga experiencia del mundo, se cubre
gustoso la cabeza y las orejas con el capuz, que le asemeja a
los locos extravagantes, mientras por debajo es cuerdo hasta
donde puede. Estoy viendo ya como se agrupan, se separan
vacilando, se aparean de un modo familiar, con porfía el coro
se junta al coro. Entrad, salid, siempre infatigables, pues, al
fin y al cabo, después lo mismo que antes, el mundo, con sus
cien mil bufo-nadas, no es más que un gran loco.

JARDINERAS
(Canto con acompañamiento de mandolinas.) Para lograr
vuestro aplauso, nos hemos engalanado esta noche; jóvenes
florentinas, hemos seguido la magnificencia de la corte
alemana. En nuestros castaños rizos llevamos el adorno de
varias alegres flores; hilos de seda, copos de seda
desempeñan aquí su papel. Pues tenemos esto por cosa de
mérito y del todo digna de loa: nuestras flores, de brillo
artificial, florecen todo el año. Retazos colorados de toda
suerte se han dispuesto con simetría; podéis reíros mirando
pieza por pieza, pero el conjunto os atrae. Lindas somos a la

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