FAUSTO


¡Al avío! pues. Esta vez no te escapas. Verifica las
burbujas de tus mentiras, y muéstranos al punto esos ricos
lugares. Yo depongo espada y cetro, y con mis propias manos
augustas quiero, si no mientes, llevar a cabo la obra, y si
mientes, mandarte al infierno.

MEFISTÓFELES
En todo caso, ya sabría encontrar el camino... Pero sería
cosa de nunca acabar si fuera yo a decir lo que yace en todas,
partes en espera de posesor. El labriego que está abriendo el
surco por medio del arado, levanta con el terrón una jarra
llena de oro; de una pared de tierra apisonada espera uno
encontrar salitre, y con sobresalto, con alegría, encuentra en
su mísera mano barras de oro reluciente. ¡Qué de bóvedas
hay que hacer saltar, en qué resquebraduras, en qué galerías
no ha de estrujarse para llegar a dos dedos del infierno aquel
que es sabedor de un tesoro! En espaciosas cuevas,
guardadas de antiguo por todos lados, ve ante él dispuestas
hileras de tazas, fuentes y platos de oro; hay también copas
de rubíes, y si quiere servirse de ellas no falta allí cerca un
licor extraañejo. Pero -podéis bien creer al conocedor- desde
mucho tiempo está podrida la madera de las duelas, y el
tártaro ha formado un nuevo tonel al vino. Las esencias de
tan generosos vinos, lo propio que el oro y las joyas, se
rodean de tinieblas y espantos. El sabio escudriña allí sin
darse punto de reposo. Bagatela es descubrir tales cosas a la
luz del día. Entre tinieblas, están en su elemento los
misterios.

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