FAUSTO


¡Qué de angustias debo sufrir yo también! Todos los días
quere-mos economizar, y cada día gastamos más, y
diariamente nace para mí un nuevo tormento. A los
cocineros no les aflige ninguna penuria: jabalíes, venados,
liebres, corzos, pavos, gallinas, ocas y anades, esos tributos en
especie, esas rentas seguras, ingresan aún tal cual, pero al fin
falta el vino. Si en otro tiempo se amontonaban en la bodega
toneles sobre toneles de los mejores ribazos y de los años
mejores, las interminables orgías de los nobles chupan hasta
la última gota. El Consejo municipal también ha de vender al
por menor su provisión, se echa mano a los cuencos, se echa
mano a los tazones, y el festín acaba debajo de la mesa.
Ahora tengo que saldar cuentas, pagar a todos su salario. El
judío no guardará contemplaciones conmigo: suministra
anticipos que comen por adelantado año tras año. Los cerdos
no llegan a engordar, están empeñados los colchones, y en la
mesa se sirve pan comido antes de tiempo.

EL EMPERADOR
(A Mefistófeles después de un momento de reflexión). Dime
bufón, ¿no sabes tú también alguna otra calamidad?

MEFISTÓFELES
¿Yo? No, en manera alguna, al mirar el esplendor que te
rodea a ti y a los tuyos. ¿Podría faltar crédito allí donde la
Majestad manda sin oposición; donde la fuerza está pronta a
dispersar cuanto se muestre hostil; donde la buena voluntad,
fortalecida por la inteligencia, y la múltiple actividad se tienen

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