FAUSTO


ganado, aquel arrebata una mujer, un cáliz, una cruz y los
candeleros del altar, y durante muchos años se jacta de ello
con el pellejo sano y el cuerpo indemne. Entonces los
querellantes corren en tropel a la sala de justicia; el juez se
pavonea sobre su alto almohadón; entretanto, agítase
ondulante, en furiosa avenida, el creciente tumulto de
amotinados. El uno tiene la avilantez de hacer gala de su
infamia y sus fechorías; el otro se excusa con algunos
cómplices más criminales, y tú oyes pronunciar la palabra
culpable allí donde la inocencia está sola para defenderse ella
misma. Así es que todo el mundo intenta destrozarse y
aniquilar lo que es justo y razonable. ¿Cómo se desarro-llaría
entonces el sentido, lo único que nos conduce a la rectitud?
Al fin, el hombre de buenas intenciones se baja ante el
adulón y ante el corruptor; el juez que no sabe castigar acaba
por asociarse con el delincuente. Negro es el cuadro que os
he pintado, y así, mejor hubiera yo querido correr sobre la
pintura un velo más denso. (Pausa.) Preciso es tomar una
resolución; cuando todos causan daño, cuando todos sufren,
la Majestad misma está en camino de la presa.

EL GENERALÍSIMO
¡Qué alboroto se arma en estos días turbulentos! Cada
uno hiere y es herido, y todos se hacen sordos al mandato. El
burgués detrás de sus paredes, el caballero en su nido de
rocas, hanse conjurado para hacernos frente y mantienen
firmes sus fuerzas. El soldado mercenario se impacienta,
exige con vehemencia su paga, y si dejáramos de serle

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