FAUSTO


¡ay!, deslumbrado ya, vuelvo el rostro, herido por el dolor de
mis ojos.
Lo propio acontece cuando una ardiente esperanza que, a
fuerza de lucha, en lo íntimo de nuestro ser se ha convertido
en sublime anhelo, halla abiertas de par en par las puertas de
la realización. Pero si de aquellas eternas profundidades surge
de golpe un torrente de llamas, nos quedamos suspensos:
queríamos encender la antorcha de la vida, y nos envuelve un
mar de fuego. Y ¡qué fuego! ¿Es el amor, es el odio, que
ardientes nos rodean con espantosas alternativas de dolor y
rego-cijo, de suerte que nuevamente dirigimos la vista a la
tierra para guare-cernos bajo el velo más juvenil? .
Quédese, pues, el sol a mi espalda. Con embeleso
creciente contemplo la catarata que se precipita estruendosa
por el escarpado peñasco. De salto en salto, se revuelve
derramándose primero en mil corrientes y luego en otras mil,
y levantando en el aire con bronco fragor masas de espuma.
Pero ¡cuán majestuoso, naciendo de esta tempestad, se
redondea el cambiante arco multicolor, tan pronta claramente
dibujado, como perdiéndose en el aire y esparciendo en
torno una lluvia fresca y vaporosa! Esto retrata el afán del
hombre. Medita sobre ello y lo comprenderás mejor: en ese
colorado reflejo tenemos la vida.




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