JOHAN WOLFGANG GOETHE


trompetas y clarines, parpadea deslumbrado el ojo, atúrdese
el oído, lo inaudito no se oye. Deslizaos, Elfos, en las corolas
de las flores, más adentro, más, para instalaros tranquilos en
las peñas, bajo el follaje. Si hasta vosotros llega tal ruido, os
quedáis sordos.

FAUSTO
Los pulsos de la vida laten con nueva animación para
saludar amorosos el etéreo crepúsculo. Esta noche también
tú, Tierra, estuviste firme, y con renovados bríos alientas a
mis pies; empiezas ya a rodearme de placer, despiertas y
excitas en mi una enérgica resolución: la de aspirar sin tregua
a la más elevada existencia. El mundo está abierto ya en una
luz crepuscular; la selva deja oír los mil acentos de la vida;
fuera del valle y el valle mismo extiéndese una faja de
neblina; empero la celeste claridad desciende hasta las
profundidades, y las ramas de los árboles, dotadas de nuevo
vigor, surgen del vaporoso abismo en que dormían
sepultadas. Así también del fondo en que la flor y la hoja
destilan temblorosas perlas, destácase claramente color sobre
color. Todo cuanto me circunda se trueca para mi en un
paraíso.
Tienda la vista a lo alto. Las gigantescas cumbres de las
montañas anuncian ya la hora más solemne. Antes de tiempo
pueden gozar de la eterna luz, que más tarde desciende hasta
nosotros. Por las verdes praderas de las vertientes de los
Alpes difúndese ahora una nueva luz, una nueva claridad,
que por grados llega a las hondonadas... ¡Aparece el sol...! y

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