FAUSTO


¡El día! Sí, alborea ya. Penetra la luz de mi día postrero.
Este debía ser el de mis bodas. No digas a nadie que has
estado ya en casa de Margarita, ¡Pobre guirnalda mía! Ya está
hecho. No hay remedio. Nos volveremos a ver, mas no será
en el baile. La muchedumbre se apiña: no se la oye. La plaza,
las calles no pueden contenerla. La campana está llamando;
quebrada está la varilla. ¡Cómo me sujetan y agarrotan! Ya me
llevan al sangriento banquillo. Todos creen sentir en su nuca
el filo de la cuchilla que se levanta sobre la mía. El mundo
entero está callado como la tumba.

FAUSTO
¡Así nunca hubiese yo nacido!

MEFISTÓFELES
(Apareciendo a la puerta). ¡Arriba, o estáis perdidos! Dejaos
de temores, vacilaciones y charlas inútiles. Mis caballos se es-
tremecen impacientes. Despunta el alba.

MARGARITA
¿Qué es eso que surge del suelo? ¡El! ¡El! Échale afuera.
¿Qué quiere en este sagrado recinto? Quiere apoderarse de
mí.

FAUSTO
Tú debes vivir.

MARGARITA

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