JOHAN WOLFGANG GOETHE


MARGARITA
Di muerte a mi madre, ahogué a mi hijo. ¿No nos fué
dado a ti y a mí? Sí, a ti también... Pero ¿eres tú? Apenas lo
creo... Dame la mano... No, no es sueño. Es tu mano
querida... ¡Ah! Pero está húmeda. Enjú-gala. Paréceme que
veo sangre en ella. ¡Dios mío! ¿Qué has hecho? Envaina la
espada, te lo ruego.

FAUSTO
Dejemos lo pasado. Me estás matando.

MARGARITA
¡No! Es preciso que me sobrevivas. Quiero indicarte la
disposición de las tumbas. De esto has de cuidar mañana
mismo. El sitio mejor lo darás a mi madre; al lado de ella
pondrás luego a mi hermano; a mí un poquito separada, pero
no muy lejos; y al pequeñuelo, a mi derecha, sobre mi pecho.
Nadie más reposará cerca de mí... Estar a tu lado, unidos en
estrecho abrazo, ¡qué dulce, qué deliciosa felicidad fué aque-
lla! Pero nunca más habré de lograrla. Siento como si debiera
hacer un esfuerzo para llegarme hasta ti, y se me figura que
me rechazas de tu lado. Y a pesar de todo, eres tú, ¡y me
miras con tanta bondad, tanta ternura ...!

FAUSTO
Si sabes que soy yo, ven, pues.

MARGARITA

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