JOHAN WOLFGANG GOETHE


Suspiras anhelante por contemplarme, oír mi voz y ver mi
rostro. La poderosa instancia de tu alma me obliga a ceder.
Aquí me tienes... ¡Qué mezquino terror se apodera de ti,
criatura sobrehumana! ¿Qué se hizo del clamor de tu alma?
¿Do está aquel pecho que se creaba un mundo dentro de sí,
lo llevaba y mantenía con esmero; aquel pecho que se
henchía con estremecimientos de gozo para encumbrarse al
nivel de nostros, los espíritus? ¿Dónde estás, Fausto, tú, cuyo
acento llegaba hasta mí, y que con todas tus fuerzas pugnabas
por alcanzar-me? ¿Eres tú quien, al sentirse envuelto en los
efluvios de mi aliento, tiembla en todas las profundidades
vitales, un gusano que huye medroso y encogido?




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