JOHAN WOLFGANG GOETHE


¿Soy un dios? ¡Todo se hace para mí tan claro! En estos
simples rasgos veo expuesta ante mi alma la Naturaleza en
plena actividad. Ahora, por vez primera, comprendo lo que
dice el Sabio: "El mundo de los espíritus no está cerrado; tu
sentido está obtuso, tu corazón está muerto. ¡Ánimo,
discípulo, baña sin descanso tu pecho terrenal en los rayos de
la aurora!" (contempla el signo).
¡Cómo se entretejen todas las cosas para formar el Todo,
obrando y viviendo lo uno en lo otro! ¡Cómo suben y bajan
las potencias celes-tes pasándose unas a otras los cubos de
oro!. Con alas que exhalan bendiciones, penetran desde el
cielo a través de la tierra llenando de armonía el Universo
entero.
¡Qué espectáculo! Mas ¡ay! ¡un espectáculo tan sólo! ¿Por
dónde asirte, Naturaleza infinita? ¿Cómo coger tus pechos,
manantiales de toda vida, de quienes están suspendidos el
cielo y la tierra, y contra los cuales se oprime el lánguido
seno? Os mostráis túrgidos, ofrecéis el sustento que mana de
vosotros, ¿Y yo me consumiré así en vano?
(Vuelve con despecho la hoja del libro, y percibe el signo del espíritu
de la Tierra).
¡Cuán diversamente obra en mi ser este signo! Estás más
cerca de mí, espíritu de la Tierra; siento ya más exaltadas mis
fuerzas y há-llome enardecido, como si fuera por efecto del
vino nuevo. Siéntome con bríos para aventurarme en el
mundo, para afrontar las amarguras y dichas terrenas, para
luchar contra las tormentas y permanecer impávido en medio
de los crujidos del naufragio.

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