FAUSTO


nosotros aquí en sosiego. Pero es cosa sabida mucho tiempo
ha que en el gran mundo se hacen pequeños mundos. Veo
allí unas brujas mozas que andan en cueros vivos, y otras
viejas que prudentemente se cubren. Sé amable, siquiera por
complacerme a mí. Poca es la molestia, grande el placer. Oigo
sonar un runrún de instrumentos. ¡Maldita cencerrada! Hay
que acostumbrarse a ella. Ven conmigo, ven conmigo. No
hay más; yo me adelanto, te introduzco y te obligo de nuevo.
¿Qué dices tú, amigo? No es un espacio reducido que diga-
mos. Mira allí. Apenas ves el fin. Un centenar de fogatas arde
en hilera. Se baila, se chacharea, se guisa, se bebe, se enamora;
con que, díme: ¿dónde hay cosa mejor?

FAUSTO
¿Quieres tú ahora, para introducirnos ahí presentarte
como brujo o como diablo?

MEFISTÓFELES
La verdad es que estoy muy acostumbrado a ir de
incógnito. No obstante, en un día de gala luce uno su
insignia. Una jarretera no me distingue, pero el pie de caballo
hace aquí dignamente su papel. ¿Ves tú ese caracol? Se acerca
arrastrándose, y con su ojo que busca a tientas ha descubierto
ya alguna cosa en mí. Aunque yo no quiera, no puedo negar
aquí mi condición. Ven. Iremos de fogata en fogata; yo soy el
medianero y tú el galán.
(A unos que están sentados alrededor de unas ascuas que se van
apagando lentamente.)

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