FAUSTO


lo alto de la elevada bóveda, se ven pegados primeros de
ahumados papeluchos; cercado por todas partes de redomas
y botes; atestado de aparatos e instrumentos; abarrotado de
cachivaches, herencia de mis abuelos... ¡He aquí tu mundo!
¡Y a éso se llama un mundo!
¿Y aún preguntas por qué tu corazón se oprime ansioso
en tu pecho, por qué un dolor indecible paraliza en ti todo
movimiento vital? En lugar de la naturaleza viviente en cuyo
seno creó Dios a los hombres, sólo ves en torno tuyo
esqueletos de animales y osamentas de muertos, todo
confundido entre el humo y la podredumbre.
¡Ea! ¡Fuera de aquí! ¡Huye al dilatado campo! ¿Acaso no
es para ti suficiente salvaguardia este misterioso libro de la
propia mano de Nostradamus?. Entonces conocerás el curso
de los astros, y si la Na-turaleza te alecciona, entonces se te
abrirá la potencia del alma, y te hablará como habla un
espíritu a otro espíritu. en vano es que la árida meditación te
descifre aquí los sagrados signos. ¡vosotros, espíritus que
flotáis junto a mi, respondedme, si oís mi acento! (Abre el libro
y ve el signo del Macrocosmo).
¡Ah! ¡Qué deleite invade súbitamente todos mis sentidos
a la vista de este signo! Siento circular por mis nervios y
venas, otra vez enardecida, una nueva y santa dicha de vivir.
¿Fué un dios quien trazó estos signos que calman el hervor
de mi pecho, llenan de gozo mi pobre corazón, y mediante
un misterioso impulso descubren en torno mío las fuerzas de
la Naturaleza?



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