JOHAN WOLFGANG GOETHE


Cógete bien de la punta de mi manto. He aquí una
especie de picacho central, desde donde con asombro se ve
cómo Mammón brilla en la montaña.
FAUSTO
¡Cuán extrañamente luce en el fondo de los valles esa
pálida y rojiza claridad matinal, que penetra hasta en las
fauces profundas del abismo! Allí suben densos vapores, allí
se exhalan emanaciones mefíticas, aquí, a través del velo sutil
de tales efluvios, resplandece un fuego ardiente, que ya se
desliza cual tenue hilo, ya surge con ímpetu como un
manantial. Aquí se entrelaza formando cien arterias que se
diseminan por una vasta extensión del valle, y allí, en el
rincón donde se hacina la muchedumbre, se recoge de
pronto en si mismo. Allí brotan chispas en derredor, se-
mejando arena de oro que se desparrama. Pero, mira como
arde la Pared de rocas en toda su altura.

MEFISTÓFELES
¡Qué! ¿No ilumina con esplendidez el señor Mammón el
palacio para la presente fiesta? Es una suerte feliz que hayas
visto tal espectáculo. Ya huelo a los turbulentos huéspedes.

FAUSTO
¡Cuán furioso se desata el huracán en el aire! ¡Con qué
golpes hiere mi nuca!

MEFISTÓFELES



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