JOHAN WOLFGANG GOETHE


trueque de eso, me ha sido arrebatada toda clase de goces.
No me figuro saber cosa alguna razonable, ni tampoco
imagino poder enseñar algo capaz de mejorar y convertir a
los hombres. Por otra parte, carezco de bienes y caudal, lo
mismo que de honores y grandezas mundanas, de suerte que
ni un perro quisiera por más tiempo soportar semejante vida.
Por esta razón me di a la magia, para ver si mediante la fuerza
y la boca del espíritu, me sería revelado más de un arcano,
merced a lo cual no tenga en lo sucesivo necesidad alguna de
explicar con fatigas y sudores lo que ig-noro yo mismo, y
pueda con ello conocer lo que en lo más intimo mantiene
unido el universo, contemplar toda fuerza activa y todo
germen, no viéndome así precisado a hacer más tráfico de
huecas palabras.
¡Oh luna, que brillas en toda tu plenitud! ¡Ojalá vieras
por vez postrera mi tormento! Tú, a quien tantas veces a la
medianoche espe-raba yo velando junto a este pupitre;
entonces, inclinado sobre papeles y libros, te me aparecías,
triste amiga mía. ¡Ah! ¡Si a tu dulce claridad pudiera al menos
vagar por las alturas montañosas o cernerme con los espíritus
en derredor de las grutas del monte, moverme en las praderas
a los rayos de tu pálida luz, y, libre de toda la densa
humareda del saber, bañarme sano en tu rocío!
¡Ay de mí! ¿Todavía estoy metido en esa mazmorra?
Execrable y mohoso cuchitril, a través de cuyos pintados
vidrios se quiebra morte-cina la misma grata luz del cielo.
Estrechado por esa balumba de li-bros roídos por la polilla,
cubiertos de polvo, y alrededor de los cuales, llegando hasta

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