JOHAN WOLFGANG GOETHE


MARGARITA
¡Ah!

ISABELITA
Así es que al fin le llegó su merecido. ¡Cuánto tiempo no
ha ido colgadita de ese mozo! Que se trataba de un paseo, de
ir a la aldea o al baile, en todas partes había de ser la primera,
y él la obsequiaba siempre con vino y pastelillos. Estaba muy
pagada de su belleza, pero era tanto su descaro que no se
avergonzaba de admitir regalos de él. Vinieron besuqueos y
caricias, y hete aquí que la florecilla desapa-reció.

MARGARITA
¡Pobrecita!

ISABELITA
¿Y aun la compadeces? Mientras nosotras estábamos
hilando sin que nuestra madre nos permitiese bajar por la
noche, pasaba ella el tiempo dulcemente al lado de su galán, y
en el poyo de la puerta y en el pasadizo oscuro, ninguna hora
se les hacía demasiado larga. Así, pues, que se oculte ahora en
un rincón y que, vestida con el sayal de pecadora, cumpla la
penitencia impuesta por la Iglesia.

MARGARITA
Seguramente la tomará por mujer.

ISABELITA

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