FAUSTO


¡Bravísimo, amigo mío! Yo os he enviado muchas veces
el par de mellizos que pace entre rosas.

FAUSTO
¡Aparta alcahuete!

MEFISTÓFELES
¡Lindamente me insultáis y no puedo menos de reírme!
El Dios que creó mozos y mozas determinó al punto el más
noble de los oficios: originar asimismo hasta la ocasión. Pero
partamos. ¡Cuidado, que es una gran desdicha! Debéis
encaminaros al aposento de vuestra amada, y no a la muerte
quizá.

FAUSTO
Entre los brazos de ella, ¿qué son los goces del cielo?
Que me caliente yo contra su pecho, ¿acaso no siento
siempre su desventura? ¿No soy el fugitivo que carece de
hogar, el monstruo sin ideal y sin sosiego, parecido a una
catarata, cuyas aguas mugen y espuman de roca en roca,
corriendo furiosas hacia el abismo? Y al lado, ella con los
sentidos infantilmente velados, en la cabañita del pequeño
campo alpino, y toda su actividad doméstica limitada al
reducido mundo en que vive. Y a mi, el odiado de Dios, no
me había bastado batir las peñas y hacerlas pedazos. Era ella,
era su tranquilidad lo que debía yo minar. ¡Infierno, tú
necesitabas tener esta víctima! Ayúdame, demonio, a abreviar



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