FAUSTO


¿A qué tantos reparos? ¿Pensáis tal vez guardar el tesoro?
En este caso, aconsejo a vuestra codicia que no pierda un
tiempo precioso y me ahorre a mí nuevas molestias. Poco
esperaba yo que fuéseis tacaño. Yo me rasco la cabeza, me
restriego las manos para... (Coloca la cajita en el armario y lo cierta
de golpe). ¡Ea, salgamos! ¡Aprisa...! para inclinar la dulce y tier-
na niña hacia el deseo y la voluntad de vuestro corazón; y
vos ponéis una cara como si hubiéseis de entrar en la cátedra;
como si, vagas y sombrías, estuvieran en persona ante vos la
Física y la Metafísica. Ea, vámonos. (Vanse).
(Entra MARGARITA con una lámpara.)

MARGARITA
¡Qué aire más pesado y sofocante hay aquí! (Abre la
ventana.) Y eso que afuera no hace tanto calor. Me siento no
sé cómo... Quisiera que mi madre volviese. Un escalofrío re-
corre todo mi cuerpo... Pero soy una mujer ridículamente
miedosa.
(Se pone a cantar mientras se desnuda.)
"Había un rey en Thule, muy fiel hasta la tumba. Su
amada al morir le dejó una copa de oro.
"Para él no había cosa de más valor; vaciábala en cada
festín; los ojos se le arrasaban en lágrimas cada vez que en
ella bebía.
"Y cuando estuvo próximo a morir, contó las ciudades de
su reino; todo lo cedió a su heredero, todo, excepto la copa.




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