FAUSTO


(Huroneando por todos lados). No todas las chicas son
tan aseadas. (Vase.)

FAUSTO
(Levantando la vista y mirando en derredor.) Bien venida seas,
dulce claridad del crepúsculo, que penetras en este santuario.
Apodé-rate de mi corazón, dulce tormento de amor, tú que
lánguido vives del rocío de la esperanza. ¡Qué sentimiento de
placidez, de orden, de con-tento respira todo lo que me
rodea! En esta pobreza, ¡qué abundancia! En esta prisión,
¡qué beatitud! (Se deja caer en el sillón de vaqueta, junto a la cama)
¡Oh! Acógeme, tú que en los goces y amarguras recibiste a los
antepasados en tus brazos abiertos. ¡Cuántas veces ¡ay! se
habrá suspendido un enjambre de niños alrededor de este
trono de los padres! Tal vez aquí mismo mi amada, con sus
frescas mejillas in-fantiles, agradecida por los aguinaldos de
Navidad, ha venido a besar piadosamente la rugosa mano del
abuelo. Siento murmurar en torno mío ¡oh niña! tu espíritu
de orden y abundancia, que todos los días te alecciona de un
modo maternal, te hace extender los limpios manteles sobre
la mesa, y hasta arreglar con arte la arena a tus pies. ¡Oh
mano querida, tan semejante a la de los dioses! Por ti, la
cabaña se muda en reino celeste. ¡Y aquí! (Levantando una de
las cortinas de la cama). ¡Qué estremecimiento de vivo deleite
invade mi ser! Aquí yo quisiera estar horas enteras. Aquí ¡oh
Naturaleza! formaste en plácidos sueños este ángel sin igual.
Aquí yacía la niña, henchido el tierno seno de calor y vida, y
aquí, con una actividad santa y pura, se desarrolló esta

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