JOHAN WOLFGANG GOETHE


(Que durante este tiempo había permanecido delante de un es-pejo,
ora acercándose a él ora alejándose). ¡Qué veo! ¿Que célica imagen
se muestra en este mágico espejo? ¡Oh, Amor, préstame las
más veloces de tus alas y condúceme a la región que ella
habita! ¡Ah! Si me muevo de este sitio, si me aventuro a
acercarme no puedo verla sino co-mo envuelta en niebla. ¡La
más hermosa imagen de mujer! ¿Es posible que la mujer sea
tan bella? ¡He de ver yo en este cuerpo tendido el compendio
de todos los cielos? ¿Existe en la tierra cosa igual?

MEFISTÓFELES
Naturalmente, cuando todo un Dios se afana primero
durante seis días, y aun al fin exclama ¡bravo!, por fuerza he
de resultar una cosa razonable. Por esta vez, mira hasta
saciarte; yo sabré descubrir para ti un tesoro parecido, y
¡dichoso aquel que, en calidad de novio, tenga la buena
fortuna de conducirlo a su casa!
(Fausto mira sin cesar en el espejo; Mefistófeles, arrellanándose en el
asiento y jugando con el escobón, sigue hablando).
Heme aquí sentado como un rey en su trono. Aquí tengo
el cetro; sólo me falta la corona.

LOS ANIMALES
(Que hasta ahora han hecho toda clase de movimientos extrava-
gantes en revuelta confusión, llevan con grande algarabía una corona a
Mefistófeles). ¡Oh! Tened la bondad de embadurnar esta
corona con sudor y sangre.



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