Bram Stoker


brillaba esplendorosamente, y el suave efecto de la luz sobre el mar y el
cielo, confundidos en un solo misterio grande y silencioso, era de una
belleza indescriptible. Entre yo y la luz de la luna aleteaba un gran murcié-
lago, que iba y venía describiendo grandes círculos. En un par de ocasio-
nes se acercó bastante, pero supongo que, asustándose al verme, voló de
regreso, alejándose en dirección al puerto y a la abadía. Cuando regresé de
la ventana, Lucy se había acostado de nuevo y dormía pacíficamente. No
volvió a moverse en toda la noche.
14 de agosto. He estado en East Cliff, leyendo y escribiendo todo el
día. Lucy parece haberse enamorado tanto de este lugar como yo, y es
muy difícil arrancarla de aquí cuando llega la hora de regresar a casa para
comer, tomar el té, o cenar. Esta tarde hizo un comentario muy extraño.
Veníamos de camino a casa para la cena, y habíamos llegado hasta las
gradas superiores del puente Oeste, deteniéndonos para mirar el paisaje
como siempre lo hacemos. El sol poniente, muy bajo en el horizonte, se
estaba ocultando detrás de Kettleness; la luz roja caía sobre East Cliff y la
vieja abadía, y parecía bañarlo todo con un bello resplandor color de rosa.
Estuvimos unos momentos en silencio, y de pronto Lucy murmuró como
para sí misma:
-¡Otra vez sus ojos rojos! Son exactamente los mismos.
Aquella fue una expresión tan rara, sin venir a colación, que me
dejó perpleja. Me aparté un poco, lo suficiente para ver a Lucy bien sin
parecer estar mirándola, y vi que estaba en un estado de duermevela, con
una expresión tan rara en el rostro, que no pude descifrar; por eso no dije
nada, pero seguí sus ojos. Parecía estar mirando nuestro propio asiento,
donde en aquellos instantes estaba sentada una oscura y solitaria figura. Yo
misma me sentí un poco inquieta, pues por unos momentos pareció que
aquel desconocido tenía grandes ojos como llamas fulgurantes; pero una
segunda mirada disipó la ilusión. La roja luz del sol estaba brillando sobre
las ventanas de la iglesia de Santa María, situada detrás de nuestro asiento,
y al ponerse el sol había justamente suficiente cambio en la refracción y
reflexión de la luz como para dar la apariencia de que la luz se movía.
Llamé la atención de Lucy hacia ese efecto peculiar, y ella pareció volver
en sí con un sobresalto, aunque al mismo tiempo pareció muy triste. Es
posible que estuviera pensando en la terrible noche que había pasado allá
arriba. Nunca hablamos de ella; por eso no dije nada, y nos fuimos a casa a
cenar. Lucy tenía dolor de cabeza y se acostó temprano. Cuando la vi
dormida, salí a dar un pequeño paseo yo sola; caminé a lo largo de los
acantilados situados al oeste, y estaba llena de una dulce tristeza, pues pen-
saba en Jonathan. Al regresar a casa (la luz de la luna brillaba intensamente;

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