Bram Stoker


despertarla con mucha suavidad. En un principio no respondía: pero
gradualmente se volvió más y más inquieta en su sueño, gimiendo y suspi-
rando ocasionalmente. Por fin, ya que el tiempo pasaba rápidamente y, por
muchas otras razones, yo deseaba llevarla a casa de inmediato, la zarandeé
con más fuerza, hasta que finalmente abrió los ojos y despertó. No pareció
sorprendida de verme, ya que, por supuesto, no se dio cuenta de inmediato
de en dónde nos encontrábamos. Lucy se despierta siempre con bella ex-
presión, e incluso en aquellos momentos, en que su cuerpo debía estar
traspasado por el frío y su mente espantada al saber que había caminado
semidesnuda por el cementerio en la noche, no pareció perder su gracia.
Tembló un poco y me abrazó fuertemente; cuando le dije que viniera de
inmediato conmigo de regreso a casa, se levantó sin decir palabra y me
obedeció como una niña. Al comenzar a caminar, la grava me lastimó los
pies, y Lucy notó mi salto. Se detuvo y quería insistir en que me pusiera
mis zapatos, pero yo me negué. Sin embargo, cuando salimos al sendero
afuera del cementerio, donde había un charco de agua, remanente de la
tormenta, me unté los pies con lodo usando cada vez un pie sobre el otro,
para que al ir a casa, nadie, en caso de que encontráramos a alguien, pu-
diera notar mis pies descalzos.
La fortuna nos favoreció y llegamos a casa sin encontrar un alma.
En una ocasión vimos a un hombre, que no parecía estar del todo sobrio,
cruzándose por una calle enfrente de nosotros; pero nos escondimos detrás
de una puerta hasta que desapareció por un campo abierto como los que
abundan por aquí, pequeños atrios inclinados, o winds, como los llaman en
Escocia. Durante todo este tiempo mi corazón palpitó tan fuertemente que
por momentos pensé que me desmayaría. Estaba llena de ansiedad por
Lucy, no tanto por su salud, a pesar de que podía afectarle el aire frío, sino
por su reputación en caso de que la historia de lo sucedido se hiciera
pública. Cuando entramos, y una vez que hubimos lavado nuestros pies y
rezado juntas una oración de gracias, la metí en cama. Antes de quedarse
dormida me pidió, me imploró, que no dijese una palabra a nadie, ni
siquiera a su madre, de lo que había pasado aquella noche. Al principio
dudé de hacer la promesa; pero al pensar en el estado de salud de su ma-
dre, y cómo la excitaría la noticia de un acontecimiento como aquél, y pen-
sando además cómo podía ser retorcida aquella historia (no, sería
infaliblemente falsificada) en caso de que fuese conocida, pensé que era
más cuerdo prometer lo que se me pedía. Espero que haya obrado bien.
He cerrado la puerta y he atado la llave a mi muñeca, por lo que tal vez no
vuelva a ser perturbada. Lucy está durmiendo profundamente; el reflejo de
la aurora aparece alto y lejos sobre el mar...

93

93