Drácula


mucho, pues las sombras cayeron sobre la luz casi de inmediato; pero me
pareció como si algo oscuro estuviera detrás del asiento donde brillaba la
figura blanca, y se inclinaba sobre ella. Si era hombre o bestia, es algo que
no puedo decir. No esperé a poder echar otra mirada, sino que descendí
corriendo las gradas hasta el muelle y me apresuré a través del mercado de
pescado hasta el puente, que era el único camino por el cual se podía llegar
a East Cliff. El pueblo parecía muerto, pues no había un alma por todo el
lugar. Me regocijó de que fuera así, ya que no deseaba ningún testigo de la
pobre condición en que se encontraba Lucy. El tiempo y la distancia
parecían infinitos, y mis rodillas temblaban y mi respiración se hizo fatigosa
mientras subía afanosamente las interminables gradas de la abadía. Debo
haber corrido rápido, y sin embargo, a mí me parecía que mis pies estaban
cargados de plomo, y como si cada coyuntura de mi cuerpo estuviera en-
mohecida. Cuando casi había llegado arriba pude ver el asiento y la blanca
figura, pues ahora ya estaba lo suficientemente cerca como para distin-
guirla incluso a través del manto de sombras. Indudablemente había algo,
largo y negro, inclinándose sobre la blanca figura medio reclinada. Llena de
miedo, grité: "¡Lucy! ¡Lucy!", y algo levantó una cabeza, y desde donde
estaba pude ver un rostro blanco de ojos rojos y relucientes. Lucy no me
respondió y yo corrí hacia la entrada del cementerio de la iglesia. Al tiempo
que entraba, la iglesia quedó situada entre yo y el asiento, y por un minuto
la perdí de vista. Cuando la divisé nuevamente, la nube ya había pasado, y
la luz de la luna iluminaba el lugar tan brillantemente que pude ver a Lucy
medio reclinada con su cabeza descansando sobre el respaldo del asiento.
Estaba completamente sola, y por ningún lado se veían señales de seres
vivientes.
Cuando me incliné sobre ella pude ver que todavía dormía. Sus la-
bios estaban abiertos, y ella estaba respirando, pero no con la suavidad
acostumbrada sino a grandes y pesadas boqueadas, como si tratara de lle-
nar plenamente sus pulmones a cada respiro. Al acercarme, subió la mano
y tiró del cuello de su camisón de dormir, como si sintiera frío. Sin em-
bargo, siguió dormida. Yo puse el caliente chal sobre sus hombros, amar-
rándole fuertemente las puntas alrededor del cuello, pues temía mucho que
fuese a tomar un mortal resfrío del aire de la noche, así casi desnuda como
estaba. Temí despertarla de golpe, por lo que, para poder tener mis manos
libres para ayudarla, le sujeté el chal cerca de la garganta con un imperdible
de gran tamaño; pero en mi ansiedad debo haber obrado torpemente y la
pinché con él, porque al poco rato, cuando su respiración se hizo más
regular, se llevó otra vez la mano a la garganta y gimió. Una vez que la
hube envuelto cuidadosamente, puse mis zapatos en sus pies y comencé a
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