Bram Stoker


hospadares no podían repararlos, pues entonces los turcos pensaban que se
estaban preparando para traer tropas extranjeras, y de esta manera atizar la
guerra que siempre estaba verdaderamente a punto de desatarse.
Más alla de las verdes e hinchadas lomas de la Tierra Media se le-
vantaban imponentes colinas de bosques que llegaban hasta las elevadas
cumbres de los Cárpatos. Se levantaban a la izquierda y a la derecha de
nosotros, con el sol de la tarde cayendo plenamente sobre ellas y haciendo
relucir los gloriosos colores de esta bella cordillera, azul profundo y
morado en las sombras de los picos, verde y marrón donde la hierba y las
piedras se mezclaban, y una infinita perspectiva de rocas dentadas y punti-
agudos riscos, hasta que ellos mismos se perdían en la distancia, donde las
cumbres nevadas se alzaban grandiosamente. Aquí y allá parecían descu-
brirse imponentes grietas en las montañas, a través de las cuales, cuando el
sol comenzó a descender, vimos en algunas ocasiones el blanco destello
del agua cayendo. Uno de mis companeros me tocó la mano mientras nos
deslizábamos alrededor de la base de una colina y señaló la elevada cima
de una montaña cubierta de nieve, que parecía, a medida que avanzábamos
en nuestra serpenteante carretera, estar frente a nosotros.
-¡Mire! !ilsten szek! "¡El trono de Dios!" -me dijo, y se persignó
nuevamente.
A medida que continuamos por nuestro interminable camino y el sol
se hundió más y más detrás de nosotros, las sombras de la tarde comen-
zaron a rodearnos. Este hecho quedó realzado porque las cimas de las ne-
vadas montañas todavía recibían los rayos del sol, y parecían brillar con un
delicado y frío color rosado. Aquí y allá pasamos ante checos y eslovacos,
todos en sus pintorescos atuendos, pero noté que el bocio prevalecía dolo-
rosamente. A lo largo de la carretera había muchas cruces, y a medida que
pasamos, todos mis compañeros se persignaron ante ellas. Aquí y allá
había una campesina arrodillada frente a un altar, sin que siquiera se volvi-
era a vernos al acercarnos, sino que más bien parecía, en el arrobamiento
de la devoción, no tener ni ojos ni oídos para el mundo exterior. Muchas
cosas eran completamente nuevas para mí; por ejemplo, hacinas de paja en
los árboles, y aquí y allá, muy bellos grupos de sauces llorones, con sus
blancas ramas brillando como plata a través del delicado verde de las hojas.
Una y otra vez pasamos un carromato (la carreta ordinaria de los campesi-
nos) con su vértebra larga, culebreante, calculada para ajustarse a las
desigualdades de la carretera. En cada uno de ellos iba sentado un grupo
de campesinos que regresaban a sus hogares, los checos con sus pieles de
oveja blancas y los eslovacos con las suyas de color. Estos últimos llevaban
a guisa de lanzas sus largas duelas, con un hacha en el extremo. Al comen-

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