Bram Stoker


bierta como disparado por un arma, completamente loco, con los ojos gi-
rando y el rostro convulso por el miedo. "¡Sálvame, sálvame!", gritó, y
luego miró a su alrededor al manto de neblina. Su horror se volvió deses-
peración, y con voz tranquila dijo: "Sería mejor que usted también viniera,
capitán, antes de que sea demasiado tarde. Está aquí. Ahora conozco el
secreto. ¡El mar me salvará de él, y es todo lo que queda!" Antes de que
yo pudiera decir una palabra, o pudiera adelantarme para detenerlo, saltó a
la amura, y deliberadamente se lanzó al mar. Supongo que ahora yo tam-
bién conozco el secreto. Fue este loco el que despachó a los hombres uno
a uno y ahora él mismo los ha seguido. ¡Dios me ayude! ¿Cómo voy a po-
der dar parte de todos estos horrores cuando llegue a puerto? ¡Cuando
llegue a puerto! ¿Y cuándo será eso?
4 de agosto. Todavía niebla, que el sol no puede atravesar. Sé que
el sol ha ascendido porque soy marinero, pero no sé por qué otros mo-
tivos. No me atrevo a ir abajo; no me atrevo a abandonar el timón; así es
que pasé aquí toda la noche, y en la velada oscuridad de la noche lo vi, ¡a
él! Dios me perdone, pero el oficial tuvo razón al saltar por la borda. Era
mejor morir como un hombre; la muerte de un marinero en las azules
aguas del mar no puede ser objetada por nadie. Pero yo soy el capitán, y
no puedo abandonar mi barco. Pero yo frustraré a este enemigo o mon-
struo, pues cuando las fuerzas comiencen a fallarme ataré mis manos al
timón, y junto con ellas ataré eso a lo cual esto -¡él!- no se atreve a tocar; y
entonces, venga buen viento o mal viento, salvaré mi alma y mi honor de
capitán. Me estoy debilitando, y la noche se acerca. Si puede verme otra
vez a la cara pudiera ser que no tuviese tiempo de actuar... Si nau-
fragamos, tal vez se encuentre esta botella, y aquellos que me encuentren
comprenderán; si no... Bien, entonces todos los hombre sabrán que he sido
fiel a mi juramento. Dios y la Virgen Santísima y los santos ayuden a una
pobre alma ignorante que trata de cumplir con su deber...
Por supuesto, el veredicto fue de absolución. No hay evidencia que
aducir; y si fue el hombre mismo quien cometió los asesinatos, o no fue él,
es algo que nadie puede atestiguar. El pueblo aquí sostiene casi universal-
mente que el capitán es simplemente un héroe, y se le va a enterrar con
todos los honores. Ya está arreglado que su cuerpo debe ser llevado con
un tren de botes por un trecho a lo largo del Esk, y luego será traído de
regreso hasta el muelle de Tate Hill y subido por la escalinata hasta la
abadía; pues se ha dispuesto que sea enterrado en el cementerio de la igle-
sia, sobre el acantilado. Los propietarios de más de cien barcazas ya han
dado sus nombres, señalando que desean seguir el cortejo fúnebre del
capitán.

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