Drácula


2 de agosto, medianoche. Me desperté después de pocos minutos
de dormir escuchando un grito, que parecía dado al lado de mi puerta. No
podía ver nada por la neblina. Corrí a cubierta y choqué contra el primer
oficial. Me dice que escuchó el grito y corrió, pero no había señales del
hombre que estaba de guardia. Otro menos. ¡Señor, ayúdanos! El primer
oficial dice que ya debemos haber pasado el estrecho de Dover, pues en un
momento en que se aclaró la niebla alcanzó a ver North Foreland, en el
mismo instante en que escuchó el grito del hombre. Si es así, estamos
ahora en el Mar del Norte, y sólo Dios puede guiarnos en esta niebla, que
parece moverse con nosotros; y Dios parece que nos ha abandonado.
3 de agosto. A medianoche fui a relevar al hombre en el timón y cu-
ando llegué no encontré a nadie ahí. El viento era firme, y como
navegamos hacia donde nos lleve, no había ningún movimiento. No me
atreví a dejar solo el timón, por lo que le grité al oficial. Después de unos
segundos subió corriendo a cubierta en sus franelas. Traía los ojos desor-
bitados y el rostro macilento, por lo que temo mucho que haya perdido la
razón. Se acercó a mi y me susurró con voz ronca, colocando su boca
cerca de mi oído, como si temiese que el mismo aire escuchara: "Está aquí;
ahora lo sé. Al hacer guardia anoche lo vi, un hombre alto y delgado y
sepulcralmente pálido. Estaba cerca de la proa, mirando hacia afuera. Me
acerqué a él a rastras y le hundí mi cuchillo; pero éste lo atravesó, vacío
como el aire." Al tiempo que hablaba sacó su cuchillo y empezó a moverlo
salvajemente en el espacio. Luego, continuó: "Pero como está aquí, lo en-
contraré. Está en la bodega, quizá en una de esas cajas. Las destornillaré
una por una y veré. Usted, sujete el timón." Y, con una mirada de adver-
tencia, poniéndose el dedo sobre los labios, se dirigió hacia abajo. Se es-
taba alzando un viento peligroso, y yo no podía dejar el timón. Lo vi salir
otra vez a cubierta con una caja de herramientas y una linterna y descender
por la escotilla delantera. Está loco; completamente delirante de locura, y
no tiene sentido que trate de detenerlo. No puede hacer daño a esas gran-
des cajas: están detalladas como "arcilla", y que las arrastre de un lado a
otro no tiene ninguna importancia. Así es que aquí me quedo, cuido del
timón y escribo estas notas. Sólo puedo confiar en Dios y esperar a que la
niebla se aclare. Entonces, si puedo pilotear la nave hacia cualquier puerto
con el viento que haya, arriaré las velas y me quedaré descansando, haci-
endo señales, pidiendo auxilio...
Ya casi todo ha terminado. Justamente cuando estaba comenzando
a pensar que el primer oficial podría regresar más calmado, pues lo es-
cuché martillando algo en la bodega, y trabajar le hace bien, subió por la
escotilla un grito repentino que me heló la sangre; y apareció él sobre cu-
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