Bram Stoker


24 de julio. Parece que pesa una maldición sobre este barco. Ya
teníamos una mano menos, y al entrar en la bahía de Vizcaya con un
tiempo de los diablos, otro hombre ha desaparecido anoche, sin dejar
rastro. Como el primero, dejó su guardia y no se lo volvió a ver. Todos los
hombres tienen un miedo pánico; envié una orden aceptando su solicitud
de que se hagan guardias dobles, pues tienen miedo de estar solos. El pi-
loto, furioso. Temo que podamos tener algunos problemas, ya que o él o
los hombres pueden emplear la violencia.
28 de julio. Cuatro días de infierno, bamboleándonos en una espe-
cie de tifón, y con vientos tempestuosos. Nadie ha podido dormir. Todos
los hombres están cansados. Apenas sé cómo montar una guardia, ya que
ninguno está en condiciones de seguir adelante. El segundo oficial se ofre-
ció voluntariamente a timonear y hacer guardia, permitiendo así que los
hombres pudieran dormir un par de horas. El viento está amainando; el
mar todavía terrorífico, pero se siente menos, ya que el barco ha ganado
estabilidad.
29 de julio. Otra tragedia. Esta noche tuvimos guardia sencilla, ya
que la tripulación está muy cansada para hacerla doble. Cuando la guardia
de la mañana subió a cubierta no pudo encontrar a nadie a excepción del
piloto. Comenzó a gritar y todos subieron a cubierta. Minucioso registro,
pero no se encontró a nadie. Ahora estamos sin segundo oficial, y con la
tripulación en gran pánico. El piloto y yo acordamos ir siempre armados de
ahora en adelante, y acechar cualquier señal de la causa.
30 de julio. Noche. Todos regocijados pues nos acercamos a In-
glaterra. Tiempo magnífico, todas las velas desplegadas. Me retiré por
agotamiento; dormí profundamente; fui despertado por el oficial di-
ciéndome que ambos hombres, el de guardia y el piloto, habían desapare-
cido. Sólo quedamos dos tripulantes, el primer oficial y yo, para gobernar
el barco.
1 de agosto. Dos días de niebla y sin avistar una vela. Había esper-
ado que en Canal de la Mancha podríamos hacer señales pidiendo auxilio o
llegar a algún lado. No teniendo fuerzas para trabajar las velas, tenemos
que navegar con el viento. No nos atrevemos a arriarlas, porque no po-
dríamos izarlas otra vez. Parece que se nos arrastra hacia un terrible de-
senlace. El primer oficial está ahora más desmoralizado que cualquiera de
los hombres. Su naturaleza más fuerte parece que ha trabajado en su inte-
rior inversamente en contra de él. Los hombres están más allá del miedo,
trabajando fuerte y pacientemente, con sus mentes preparadas para lo peor.
Son rusos; él es rumano.



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