Drácula


El 14 de julio estuve un tanto ansioso por la tripulación. Todos los
hombres son de confianza y han navegado conmigo otras veces. El piloto
tampoco pudo averiguar lo que sucede; sólo le dijeron que había algo, y se
persignaron. El piloto perdió los estribos con uno de ellos ese día y le dio
un puñetazo. Esperaba una pelea feroz, pero todo está tranquilo.
El 16 de julio el piloto informó en la mañana que uno de la tripula-
ción, Petrovsky, ha desaparecido. No pudo dar más datos. Tomó guardia a
babor a las ocho campanas, anoche; fue relevado por Abramov, pero no
fue a acostarse a su litera. Los hombres, muy deprimidos, dijeron todos
que ya esperaban algo parecido, pero no dijeron más sino que había algo a
bordo. El piloto se está poniendo muy impaciente con ellos; temo más in-
cidentes enojosos más tarde.
El 17 de julio, ayer, uno de los hombres, Olgaren, llegó a mi cabina
y de una manera confidencial y temerosa me dijo que él pensaba que había
un hombre extraño a bordo del barco. Me narró que en su guardia había
estado escondido detrás de la cámara de cubierta, pues había lluvia de tor-
menta, cuando vio a un hombre alto, delgado, que no se parecía a ninguno
de la tripulación, subiendo la escalera de la cámara y caminando hacia
adelante sobre cubierta, para luego desaparecer. Lo siguió cautelosamente,
pero cuando llegó cerca de la proa no encontró a nadie, y todas las esco-
tillas estaban cerradas. Le entró un miedo pánico supersticioso, y temo que
ese pánico pueda contagiarse a los demás. Adelantándome, hoy haré que
registren todo el barco cuidadosamente, de proa a popa.
Más tarde ese mismo día reuní a toda la tripulación y les dije que,
como ellos evidentemente pensaban que había alguien en el barco, lo reg-
istraríamos de proa a popa. El primer oficial se enojó; dijo que era una
tontería, y que ceder ante tan tontas ideas desmoralizaría más a los hom-
bres; dijo que él se comprometía a mantenerlos en orden a punta de gar-
rote. Lo dejé a él encargado del timón, mientras el resto comenzaba a
buscar, manteniéndonos todos unos al lado de otros, con linternas; no de-
jamos una esquina sin registrar. Como todo lo que había eran unas grandes
cajas de madera, no había posibles resquicios donde un hombre se pudiera
esconder. Los hombres estaban mucho más aliviados cuando terminamos
el registro, y se dedicaron a sus faenas con alegría. El primer oficial refun-
fuñó, pero no dijo nada más.
22 de julio. Los últimos tres días, tiempo malo, y todas las manos
ocupadas en las velas: no hay tiempo para estar asustados. Los hombres
parecen haber olvidado sus temores. El piloto, alegre otra vez, y todo mar-
cha muy bien. Elogié a los hombres por su magnífica labor durante el mal
tiempo. Pasamos Gibraltar y salimos de los estrechos. Todo bien.
84

84