Drácula


desplegadas, se precipitaba con tanta velocidad que, en las palabras de un
viejo lobo de mar, "debía de llegar a alguna parte, aunque sólo fuese al in-
fierno". Luego llegó otra ráfaga de niebla marina, más espesa que todas las
anteriores; una masa de neblina húmeda que pareció envolver a todas las
cosas como un sudario gris y dejó asequible a los hombres sólo el órgano
del oído, pues el ruido de la tempestad, el estallido de los truenos y el re-
tumbo de las poderosas oleadas que llegaban a través del húmedo ambi-
ente eran más fuertes que nunca. Los rayos del reflector se mantuvieron
fijos en la boca del puerto a través del muelle del este, donde se esperaba el
choque, y los hombres contuvieron la respiración. Repentinamente, el vi-
ento cambió hacia el noreste, y el resto de la niebla marina se diluyó; y en-
tonces, mirabile dictu, entre los muelles, levantándose de ola en ola a
medida que avanzaba a gran velocidad, entró la rara goleta con todas sus
velas desplegadas y alcanzó el santuario del puerto. El reflector la siguió, y
un escalofrío recorrió a todos los que la vieron, pues atado al timón había
un cuerpo, con la cabeza caída, que se balanceaba horriblemente hacia uno
y otro lado con cada movimiento del barco. No se podía ver ninguna otra
forma sobre cubierta. Un gran estado de reverencia y temor sobrecogió a
todos cuando vieron que el barco, como por milagro, había encontrado el
puerto, ¡guiado solamente por las manos de un hombre muerto! Sin em-
bargo, todo se llevó a cabo más rápidamente de lo que tardo en escribir
estas palabras. La goleta no se detuvo, sino que, navegando velozmente a
través del puerto, embistió en un banco de arena y grava lavado por
muchas mareas y muchas tormentas, situado en la esquina sureste del
muelle que sobresale bajo East Cliff, y que localmente es conocido como el
muelle Tate Hill.
Por supuesto que cuando la nave embistió contra el montón de
arena se produjo una sacudida considerable. Cada verga, lazo y montante
sufrió la sacudida, y una parte del mástil principal se vino abajo. Pero lo
más extraño de todo fue que, en el mismo instante en que tocó la orilla, un
perro inmenso saltó a cubierta desde abajo, y como si hubiese sido proy-
ectado por el golpe, corrió hacia adelante y saltó desde la proa a la arena.
Corriendo directamente hacia el empinado acantilado donde el cementerio
de la iglesia cuelga sobre la callejuela que va hacia el muelle del este, tan
pronunciadamente que algunas de las lápidas ("transatlánticas" o "piedras
atravesadas", como las llaman vernacularmente aquí en Whitby) se proy-
ectan de hecho donde el acantilado que la sostenía se ha derrumbado, y
desapareció en la oscuridad, que parecía intensificada justamente más allá
de la luz del reflector.


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