Drácula


servio, designando algo que es un hombre lobo o un vampiro). (Recordar:
debo preguntarle al conde acerca de estas supersticiones.)
Cuando partimos, la multitud alrededor de la puerta de la posada,
que para entonces ya había crecido a un número considerable, todos hici-
eron el signo de la cruz y dirigieron dos dedos hacia mí. Con alguna difi-
cultad conseguí que un pasajero acompañante me dijera qué significaba
todo aquello; al principio no quería responderme, pero cuando supo que
yo era inglés, me explicó que era el encanto o hechizo contra el mal de ojo.
Esto tampoco me agradó, mayormente cuando salía hacia un lugar
desconocido con un hombre desconocido; pero todo el mundo parecía tan
bondadoso, tan compasivo y tan simpático que no pude evitar sentirme
emocionado. Nunca olvidaré el último vistazo que eché al patio interior de
la posada y su multitud de pintorescos personajes, todos persignándose,
mientras estaban alrededor del amplio pórtico, con su fondo de rico follaje
de adelfas y árboles de naranjo en verdes tonelitos agrupados en el centro
del patio. Entonces nuestro conductor, cuyo amplio pantalón de lino cubría
todo el asiento frontal (ellos lo llaman "gotza"), fustigó su gran látigo sobre
los cuatro pequeños caballos que corrían de dos en dos, e iniciamos
nuestro viaje.
Pronto perdí de vista y de la memoria los fantasmales temores en la
belleza de la escena por la que atravesábamos, aunque si yo hubiese cono-
cido el idioma, o mejor, los idiomas que hablaban mis compañeros de viaje,
es muy posible que no hubiese sido capaz de deshacerme de ellos tan
fácilmente. Ante nosotros se extendía el verde campo inclinado lleno de
bosques con empinadas colinas aquí y allá, coronadas con cúmulos de tré-
boles o con casas campesinas, con sus paredes vacías viendo hacia la car-
retera. Por todos lados había una enloquecedora cantidad de frutos en flor:
manzanas, ciruelas, peras y fresas. Y a medida que avanzábamos, pude ver
cómo la verde hierba bajo los árboles estaba cuajada con pétalos caídos. La
carretera entraba y salía entre estas verdes colinas de lo que aquí llaman
"Tierra Media", liberándose al barrer alrededor de las curvas, o cerrada por
los estrangulantes brazos de los bosques de pino, que aquí y allá corrían
colina abajo como lenguas de fuego. El camino era áspero, pero a pesar de
ello parecía que volábamos con una prisa excitante. Entonces no podía
entender a qué se debía esa prisa, pero evidentemente el conductor no
quería perder tiempo antes de llegar al desfiladero de Borgo. Se me dijo
que el camino era excelente en verano, pero que todavía no había sido ar-
reglado después de las nieves del invierno. A este respecto era diferente a
la mayoría de los caminos de los Cárpatos, pues es una antigua tradición
que no deben ser mantenidos en tan buen estado. Desde la antigüedad los
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