Drácula


puerto hasta que hubiera pasado la tormenta. Por la noche el viento
amainó por completo, y a la medianoche había una calma chicha, un bo-
chornoso calor, y esa intensidad prevaleciente que, al acercarse el trueno,
afecta a las personas de naturaleza muy sensible. Sólo había muy pocas
luces en el mar, pues hasta los vapores costeños, que suelen navegar muy
cerca de la orilla, se mantuvieron mar adentro, y sólo podían verse muy
contados barcos de pesca. La única vela sobresaliente era una goleta
forastera que tenía desplegado todo su velamen, y que parecía dirigirse
hacia el oeste. La testarudez o ignorancia de su tripulación fue un tema
exhaustivamente comentado mientras permaneció a la vista, y se hicieron
esfuerzos por enviarle señales para que arriaran velas, en vista del peligro.
Antes de que cerrara la noche, se le vio con sus velas ondear ociosamente
mientras navegaba con gran tranquilidad sobre las encrespadas olas del
mar.
"Tan ociosamente como un barco pintado
sobre un océano pintado."
Poco antes de las diez de la noche la quietud del viento se hizo
bastante opresiva, y el silencio era tan marcado que el balido de una oveja
tierra adentro o el ladrido de un perro en el pueblo, se escuchaban distin-
tamente; y la banda que tocaba en el muelle, que tocaba una vivaracha
marcha francesa, era una disonancia en la gran armonía del silencio de la
naturaleza. Un poco después de medianoche llegó un extraño sonido desde
el mar, y muy en lo alto comenzó a producirse un retumbo extraño, tenue,
hueco.
Entonces, sin previo aviso, irrumpió la tempestad. Con una rapidez
que, en aquellos momentos, parecía increíble, y que aún después es incon-
cebible; todo el aspecto de la naturaleza se volvió de inmediato convulso.
Las olas se elevaron creciendo con furia, cada una sobrepasando a su
compañera, hasta que en muy pocos minutos el vidrioso mar de no hacía
mucho tiempo estaba rugiendo y devorando como un monstruo. Olas de
crestas blancas golpearon salvajemente la arena de las playas y se lanzaron
contra los pronunciados acantilados; otras se quebraron sobre los muelles,
y barrieron con su espuma las linternas de los faros que se levantaban en
cada uno de los extremos de los muelles en el puerto de Whitby. El viento
rugía como un trueno, y soplaba con tal fuerza que les era difícil incluso a
hombres fuertes mantenerse en pie, o sujetarse con un desesperado abrazo
de los puntales de acero. Fue necesario hacer que la masa de curiosos de-
salojara por completo los muelles, o de otra manera las desgracias de la
noche habrían aumentado considerablemente. Por si fueran pocas las difi-

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