Drácula


hacer algunas visitas con su madre, y como sólo eran visitas de cortesía, yo
no fui. Pero ya es hora de que estén de regreso.
1 de agosto. Hace una hora que llegué aquí arriba con Lucy, y tu-
vimos la más interesante conversación con mi viejo amigo y los otros dos
que siempre vienen y le hacen compañía. El es evidentemente el oráculo
del grupo, y me atrevo a pensar que en su tiempo debe haber sido una per-
sona por demás dictatorial. Nunca admite equivocarse, y siempre contra-
dice a todo el mundo. Si no puede ganar discutiendo, entonces los
amedrenta, y luego toma el silencio de los demás por aceptación de sus
propios puntos de vista. Lucy estaba dulcemente bella en su vestido de
linón blanco; desde que llegamos tiene un bellísimo color. Noté que el an-
ciano no perdió ningún tiempo en llegar hasta ella y sentarse a su lado cu-
ando nosotros nos sentamos. Lucy es tan dulce con los ancianos que creo
que todos se enamoran de ella al instante. Hasta mi viejo sucumbió y no la
contradijo, sino que apoyó todo lo que ella decía. Logré llevarlo al tema de
las leyendas, y de inmediato comenzó a hablar echándonos una especie de
sermón. Debo tratar de recordarlo y escribirlo:
-Todas esas son tonterías, de cabo a rabo; eso es lo que son, y nada
más. Esos dichos y señales y fantasmotes y convidados de piedra y pato-
chados y todo eso, sólo sirven para asustar niños y mujeres. No son más
que palabras, eso y todos esos espantos, señales y advertencias que fueron
inventados por curas y personas malintencionadas y por los reclutadores de
los ferrocarriles, para asustar a un pobre tipo y para hacer que la gente
haga algo que de otra manera no haría. Me enfurece pensar en ello. ¿Por
qué son ellos quienes, no contentos con imprimir mentiras sobre el papel y
predicarlas desde los púlpitos, quieren grabarlas hasta en las tumbas?
Miren a su alrededor como deseen y verán que todas esas lápidas que le-
vantan sus cabezas tanto como su orgullo se lo permite, están inclinadas...,
sencillamente cayendo bajo el peso de las mentiras escritas en ellas. Los
"Aquí yacen los restos" o "A la memoria sagrada" están escritos sobre ellas
y, no obstante, ni siquiera en la mitad de ellas hay cuerpo alguno; a nadie le
ha importado un comino sus memorias y mucho menos las han santificado.
¡Todo es mentira, sólo mentiras de un tipo o de otro! ¡santo Dios! Pero el
gran repudio vendrá en el Día del Juicio Final, cuando todos salgan con sus
mortajas, todos unidos tratando de arrastrar con ellos sus lápidas para pro-
bar lo buenos que fueron; algunos de ellos temblando, cayendo con sus
manos adormecidas y resbalosas por haber yacido en el mar, a tal punto
que ni siquiera podrán mantenerse unidos.



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