Drácula


mostró muy frío, pero de todas maneras estaba nervioso. Evidentemente
estuvo educándose a sí mismo respecto a toda clase de pequeñas cosas, y
las recordaba; pero se las arregló para casi sentarse en su sombrero de
seda, cosa que los hombres generalmente no hacen cuando están tran-
quilos, y luego, al tratar de parecer calmado, estuvo jugando con una lan-
ceta, de una manera que casi me hizo gritar. Me habló, Mina, muy
directamente. Me dijo cómo me quería él, a pesar de conocerme de tan
poco tiempo, y lo que sería su vida si me tenía a mí para ayudarle y ale-
grarlo. Estaba a punto de decirme lo infeliz que sería si yo no lo quisiera
también a él, pero cuando me vio llorando me dijo que él era un bruto y
que no quería agregar más penas a las presentes. Entonces hizo una pausa
y me preguntó si podía llegar a amarlo con el tiempo; y cuando yo moví la
cabeza negativamente, sus manos temblaron, y luego, con alguna incerti-
dumbre, me preguntó si ya me importaba alguna otra persona. Me dijo
todo de una manera muy bonita, alegando que no quería obligarme a con-
fesar, pero que lo quería saber, porque si el corazón de una mujer estaba
libre un hombre podía tener esperanzas. Y entonces, Mina, sentí una espe-
cie de deber decirle que ya había alguien. Sólo le dije eso, y él se puso en
pie, y se veía muy fuerte y muy serio cuando tomó mis dos manos en las
suyas y dijo que esperaba que yo fuese feliz, y que si alguna vez yo nece-
sitaba un amigo debía de contarlo a él entre uno de los mejores. ¡Oh, mi
querida Mina, no puedo evitar llorar: debes perdonar que esta carta vaya
manchada. Es muy bonito que se le propongan a una y todas esas cosas,
pero no es para nada una cosa alegre cuando tú ves a un pobre tipo, que
sabes te ama honestamente, alejarse viéndose todo descorazonado, y sabi-
endo tú que, no importa lo que pueda decir en esos momentos, te estás
alejando para siempre de su vida. Mi querida, de momento debo parar
aquí, me siento tan mal, ¡aunque estoy tan feliz!
Noche
"Arthur se acaba de ir, y me siento mucho más animada que cu-
ando dejé de escribirte, de manera que puedo seguirte diciendo lo que pasó
durante el día. Bien, querida, el número dos llegó después del almuerzo. Es
un tipo tan bueno, un americano de Tejas, y se ve tan joven y tan fresco
que parece imposible que haya estado en tantos lugares y haya tenido tan-
tas aventuras. Yo simpatizo con la pobre Desdémona cuando le echaron al
oído tan peligrosa corriente, incluso por un negro. Supongo que nosotras
las mujeres somos tan cobardes que pensamos que un hombre nos va a
salvar de los miedos, y nos casamos con él. Yo ya sé lo que haría si fuese
un hombre y deseara que una muchacha me amara. No, no lo sé, pues el
señor Morris siempre nos contaba sus aventuras, y Arthur nunca lo hizo, y
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