Bram Stoker


Con majestuosa seriedad, él, con la lámpara, me precedió por las
escaleras y a lo largo del corredor. Repentinamente se detuvo.
-iEscuche!
El aullido de los lobos nos llegó desde cerca. Fue casi como si los
aullidos brotaran al alzar él su mano, semejante a como surge la música de
una gran orquesta al levantarse la batuta del conductor. Después de un
momento de pausa, él continuó, en su manera majestuosa, hacia la puerta.
Corrió los enormes cerrojos, destrabó las pesadas cadenas y comenzó a
abrirla.
Ante mi increíble asombro, vi que estaba sin llave. Sospecho-
samente, miré por todos los lados a mi alrededor, pero no pude descubrir
llave de ninguna clase.
A medida que comenzó a abrirse la puerta, los aullidos de los lobos
aumentaron en intensidad y cólera: a través de la abertura de la puerta se
pudieron ver sus rojas quijadas con agudos dientes y las garras de las pe-
sadas patas cuando saltaban. Me di cuenta de que era inútil luchar en
aquellos momentos contra el conde. No se podía hacer nada teniendo él
bajo su mando a semejantes aliados. Sin embargo, la puerta continuó
abriéndose lentamente, y ahora sólo era el cuerpo del conde el que cerraba
el paso. Repentinamente me llegó la idea de que a lo mejor aquel era el
momento y los medios de mi condena; iba a ser entregado a los lobos, y a
mi propia instigación. Había una maldad diabólica en la idea, suficiente-
mente grande para el conde, y como última oportunidad, grité:
-¡Cierre la puerta! ¡Esperaré hasta mañana!
Me cubrí el rostro con mis manos para ocultar las lágrimas de
amarga decepción. Con un movimiento de su poderoso brazo, el conde
cerró la puerta de golpe, y los grandes cerrojos sonaron y produjeron ecos
a través del corredor, al tiempo que caían de regreso en sus puestos. Re-
gresamos a la biblioteca en silencio, y después de uno o dos minutos yo me
fui a mi cuarto. Lo último que vi del conde Drácula fue su terrible mirada,
con una luz roja de triunfo en los ojos y con una sonrisa de la que Judas, en
el infierno, podría sentirse orgulloso.
Cuando estuve en mi cuarto y me encontraba a punto de acostarme,
creí escuchar unos murmullos al otro lado de mi puerta. Me acerqué a ella
en silencio y escuché. A menos que mis oídos me engañaran, oí la voz del
conde:
-¡Atrás, atrás, a vuestro lugar! Todavía no ha llegado vuestra hora.
¡Esperad! ¡Tened paciencia! Esta noche es la mía. Mañana por la noche es
la vuestra.



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