Bram Stoker


años. También había cadenas y adornos, algunos enjoyados, pero todos
viejos y descoloridos.
En una esquina del cuarto había una pesada puerta. La empujé,
pues, ya que no podía encontrar la llave del cuarto o la llave de la puerta de
afuera, lo cual era el principal objetivo de mi búsqueda, tenía que hacer
otras investigaciones, o todos mis esfuerzos serían vanos. La puerta que
empujé estaba abierta, y me condujo a través de un pasadizo de piedra ha-
cia una escalera de caracol, que bajaba muy empinada. Descendí, poniendo
mucho cuidado en donde pisaba, pues las gradas estaban oscuras, siendo
alumbradas solamente por las troneras de la pesada mampostería. En el
fondo había un pasadizo oscuro, semejante a un túnel, a través del cual se
percibía un mortal y enfermizo olor: el olor de la tierra recién volteada. A
medida que avancé por el pasadizo, el olor se hizo más intenso y más cer-
cano. Finalmente, abrí una pesada puerta que estaba entornada y me en-
contré en una vieja y arruinada capilla, que evidentemente había sido usada
como cementerio. El techo estaba agrietado, y en los lugares había gradas
que conducían a bóvedas, pero el suelo había sido recientemente excavado
y la tierra había sido puesta en grandes cajas de madera, manifiestamente
las que transportaran los eslovacos. No había nadie en los alrededores, y
yo hice un minucioso registro de cada pulgada de terreno. Bajé incluso a
las bóvedas, donde la tenue luz luchaba con las sombras, aunque al hacerlo
mi alma se llenó del más terrible horror. Fui a dos de éstas, pero no vi nada
sino fragmentos de viejos féretros y montones de polvo; sin embargo, en la
tercera, hice un descubrimiento.
¡Allí, en una de las grandes cajas, de las cuales en total había cin-
cuenta, sobre un montón de tierra recién excavada, yacía el conde! Estaba
o muerto o dormido; no pude saberlo a ciencia cierta, pues sus ojos es-
taban abiertos y fijos, pero con la vidriosidad de la muerte, y sus mejillas
tenían el calor de la vida a pesar de su palidez; además, sus labios estaban
rojos como nunca. Pero no había ninguna señal de movimiento, ni pulso, ni
respiración, ni el latido del corazón. Me incliné sobre él y traté de encon-
trar algún signo de vida, pero en vano. No podía haber yacido allí desde
hacía mucho tiempo, pues el olor a tierra se habría disipado en pocas ho-
ras. Al lado de la caja estaba su tapa, atravesada por hoyos aquí y allá.
Pensé que podía tener las llaves con él, pero cuando iba a registrarlo vi sus
ojos muertos, y en ellos, a pesar de estar muertos, una mirada de tal odio,
aunque inconsciente de mí o de mi presencia, que huí del lugar, y abando-
nando el cuarto del conde por la ventana me deslicé otra vez por la pared
del castillo. Al llegar otra vez a mi cuarto me tiré jadeante sobre la cama y
traté de pensar...

49

49