Drácula


él duerma cuando los otros están despiertos, y que esté despierto cuando
todos duermen? ¡Si sólo pudiera llegar a su cuarto! Pero no hay camino
posible. La puerta siempre está cerrada; no hay manera para mí de llegar a
él.
Miento. Hay un camino, si uno se atreve a tomarlo. Por donde ha
pasado su cuerpo, ¿por qué no puede pasar otro cuerpo? Yo mismo lo he
visto arrastrarse desde su ventana. ¿Por qué no puedo yo imitarlo, y ar-
rastrarme para entrar por su ventana? Las probabilidades son muy escasas,
pero la necesidad me obliga a correr todos los riesgos. Correré el riesgo.
Lo peor que me puede suceder es la muerte; pero la muerte de un hombre
no es la muerte de un ternero, y el tenebroso "más allá" todavía puede of-
recerme oportunidades. ¡Que Dios me ayude en mi empresa! Adiós, Mina,
si fracaso; adiós, mi fiel amigo y segundo padre; adiós, todo, y como
última cosa, ¡adiós Mina!
Mismo día, más tarde. He hecho el esfuerzo, y con ayuda de Dios
he regresado a salvo a este cuarto. Debo escribir en orden cada detalle.
Fui, mientras todavía mi valor estaba fresco, directamente a la ventana del
lado sur, y salí fuera de este lado. Las piedras son grandes y están cortadas
toscamente, y por el proceso del tiempo el mortero se ha desgastado. Me
quité las botas y me aventuré como un desesperado. Miré una vez hacia
abajo, como para asegurarme de que una repentina mirada de la horripi-
lante profundidad no me sobrecogería, pero después de ello mantuve los
ojos viendo hacia adelante. Conozco bastante bien la ventana del conde, y
me dirigí hacia ella lo mejor que pude, atendiendo a las oportunidades que
se me presentaban. No me sentí mareado, supongo que estaba demasiado
nervioso, y el tiempo que tardé en llegar hasta el antepecho de la ventana
me pareció ridículamente corto. En un santiamén me encontré tratando de
levantar la guillotina. Sin embargo, cuando me deslicé con los pies primero
a través de la ventana, era presa de una terrible agitación. Luego busqué
por todos lados al conde, pero, con sorpresa y alegría, hice un descu-
brimiento: ¡el cuarto estaba vacío! Apenas estaba amueblado con cosas
raras, que parecían no haber sido usadas nunca; los muebles eran de un
estilo algo parecido a los que había en los cuartos situados al sur, y estaban
cubiertos de polvo. Busqué la llave, pero no estaba en la cerradura, y no la
pude encontrar por ningún lado. Lo único que encontré fue un gran mon-
tón de oro en una esquina, oro de todas clases, en monedas romanas y
británicas, austríacas y húngaras, griegas y turcas. Las monedas estaban
cubiertas de una película de polvo, como si hubiesen yacido durante largo
tiempo en el suelo. Ninguna de las que noté tenía menos de trescientos


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