Drácula


propósitos, y además con mi indumentaria! Esta es, entonces, su nueva
treta diabólica: permitirá que otros me vean, de manera que por un lado
quede la evidencia de que he sido visto en los pueblos o aldeas poniendo
mis propias cartas al correo, y por el otro lado, que cualquier maldad que
él pueda hacer sea atribuida por la gente de la localidad a mi persona.
Me enfurece pensar que esto pueda seguir así, y mientras tanto yo
permanezco encerrado aquí, como un verdadero prisionero, pero sin esa
protección de la ley que es incluso el derecho y la consolación de los
criminales.
Pensé que podría observar el regreso del conde, y durante largo
tiempo me senté tenazmente al lado de la ventana. Entonces comencé a
notar que había unas pequeñas manchas de prístina belleza flotando en los
rayos de la luz de la luna. Eran como las más ínfimas partículas de polvo, y
giraban en torbellinos y se agrupaban en cúmulos en forma parecida a las
nebulosas. Las observé con un sentimiento de tranquilidad, y una especie
de calma invadió todo mi ser. Me recliné en busca de una postura más
cómoda, de manera que pudiera gozar más plenamente de aquel etéreo
espectáculo.
Algo me sobresaltó; un aullido leve, melancólico, de perros en al-
gún lugar muy lejos en el valle allá abajo que estaba escondido a mis ojos.
Sonó más fuertemente en los oídos, y las partículas de polvo flotante to-
maron nuevas formas, como si bailasen al compás de una danza a la luz de
la luna. Sentí hacer esfuerzos desesperados por despertar a algún llamado
de mis instintos; no, más bien era mi propia alma la que luchaba y mi sensi-
bilidad medio adormecida trataba de responder al llamado. ¡Me estaban
hipnotizando! El polvo bailó más rápidamente. Los rayos de la luna pareci-
eron estremecerse al pasar cerca de mí en dirección a la oscuridad que
tenía detrás. Se unieron, hasta que parecieron tomar las tenues formas de
unos fantasmas. Y entonces desperté completamente y en plena posesión
de mis sentidos, y eché a correr gritando y huyendo del lugar. Las formas
fantasmales que estaban gradualmente materializándose de los rayos de la
luna eran las de aquellas tres mujeres fantasmales a quienes me encontraba
condenado. Huí, y me sentí un tanto más seguro en mi propio cuarto,
donde no había luz de la luna y donde la lámpara ardía brillantemente.
Después de que pasaron unas cuantas horas escuché algo
moviéndose en el cuarto del conde; algo como un agudo gemido supri-
mido velozmente. Y luego todo quedó en silencio, en un profundo y horri-
ble silencio que me hizo estremecer. Con el corazón latiéndome
desaforadamente, pulsé la puerta; pero me encontraba encerrado con llave


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