Bram Stoker


17 de junio. Esta mañana, mientras estaba sentado a la orilla de mi
cama devanándome los sesos, escuché afuera el restallido de unos látigos y
el golpeteo de los cascos de unos caballos a lo largo del sendero de piedra,
más allá del patio. Con alegría me dirigí rápidamente a la ventana y vi
como entraban en el patio dos grandes diligencias, cada una de ellas tirada
por ocho briosos corceles, y a la cabeza de cada una de ellas un par de
eslovacos tocados con anchos sombreros, cinturones tachonados con
grandes clavos, sucias pieles de cordero y altas botas. También llevaban
sus largas duelas en la mano. Corrí hacia la puerta, intentando descender
para tratar de alcanzarlos en el corredor principal, que pensé debía estar
abierto esperándolos. Una nueva sorpresa me esperaba: mi puerta estaba
atrancada por fuera.
Entonces, corrí hacia la ventana y les grité. Me miraron estúpida-
mente y señalaron hacia mí, pero en esos instantes el "atamán" de los gita-
nos salió, y viendo que señalaban hacia mi ventana, dijo algo, por lo que
ellos se echaron a reír. Después de eso ningún esfuerzo mío, ningún las-
timero ni agonizante grito los movió a que me volvieran a ver. Resuelta-
mente me dieron la espalda y se alejaron. Los coches contenían grandes
cajas cuadradas, con agarraderas de cuerda gruesa; evidentemente estaban
vacías por la manera fácil con que los eslovacos las descargaron, y por la
resonancia al arrastrarlas por el suelo. Cuando todas estuvieron descar-
gadas y agrupadas en un montón en una esquina del patio, los eslovacos
recibieron algún dinero del gitano, y después de escupir sobre él para que
les trajera suerte, cada uno se fue a su correspondiente carruaje, cami-
nando perezosamente. Poco después escuché el restallido de sus látigos
morirse en la distancia.
24 de junio, antes del amanecer. Anoche el conde me dejó muy
temprano y se encerró en su propio cuarto. Tan pronto como me atreví,
corrí subiendo por la escalera de caracol y miré por la ventana que da hacia
el sur. Pensé que debía vigilar al conde, pues algo estaba sucediendo. Los
gitanos están acampados en algún lugar del castillo y le están haciendo al-
gún trabajo. Lo sé, porque de vez en cuando escucho a lo lejos el apagado
ruido como de zapapicos y palas, y, sea lo que sea, debe ser la terminación
de alguna horrenda villanía.
Había estado viendo por la ventana algo menos de media hora cu-
ando vi que algo salía de la ventana del conde. Retrocedí y observé cui-
dadosamente, y vi salir al hombre. Fue una sorpresa para mí descubrir que
se había puesto el traje que yo había usado durante mi viaje hacia este
lugar, y que de su hombro colgaba la terrible bolsa que yo había visto que
las mujeres se habían llevado. ¡No podía haber duda acerca de sus

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