Drácula


posarse sobre mi garganta. Entonces hizo una pausa y pude escuchar el
agitado sonido de su lengua que lamía sus dientes y labios, y pude sentir el
caliente aliento sobre mi cuello. Entonces la piel de mi garganta comenzó a
hormiguear como le sucede a la carne de uno cuando la mano que le va a
hacer cosquillas se acerca cada vez más y más. Pude sentir el toque suave,
tembloroso, de los labios en la piel supersensitiva de mi garganta, y la
fuerte presión de dos dientes agudos, simplemente tocándome y
deteniéndose ahí; cerré mis ojos en un lánguido éxtasis y esperé; esperé
con el corazón latiéndome fuertemente.
Pero en ese instante, otra sensación me recorrió tan rápida como un
relámpago. Fui consciente de la presencia del conde, y de su existencia
como envuelto en una tormenta de furia. Al abrirse mis ojos involuntaria-
mente, vi su fuerte mano sujetando el delicado cuello de la mujer rubia, y
con el poder de un gigante arrastrándola hacia atrás, con sus ojos azules
transformados por la furia, los dientes blancos apretados por la ira y sus
pálidas mejillas encendidas por la pasión. ¡Pero el conde! Jamás imaginé yo
tal arrebato y furia ni en los demonios del infierno. Sus ojos positivamente
despedían llamas. La roja luz en ellos era espeluznante, como si detrás de
ellos se encontraran las llamas del propio infierno. Su rostro estaba mor-
talmente pálido y las líneas de él eran duras como alambres retorcidos; las
espesas cejas, que se unían sobre la nariz, parecían ahora una palanca de
metal incandescente y blanco. Con un fiero movimiento de su mano, lanzó
a la mujer lejos de él, y luego gesticuló ante las otras como si las estuviese
rechazando; era el mismo gesto imperioso que yo había visto se usara con
los lobos. En una voz que, aunque baja y casi un susurro, pareció cortar el
aire y luego resonar por toda la habitación, les dijo:
-¿Cómo se atreve cualquiera de vosotras a tocarlo? ¿Cómo os
atrevéis a poner vuestros ojos sobre él cuando yo os lo he prohibido?
¡Atrás, os digo a todas! ¡Este hombre me pertenece! Cuidaos de meteros
con él, o tendréis que véroslas conmigo.
La muchacha rubia, con una risa de coquetería rival, se volvió para
responderle:
-Tú mismo jamás has amado; ¡tú nunca amas!
Al oir esto las otras mujeres le hicieron eco, y por el cuarto resonó
una risa tan lúgubre, dura y despiadada, que casi me desmayé al es-
cucharla. Parecía el placer de los enemigos. Entonces el conde se volvió
después de mirar atentamente mi cara, y dijo en un suave susurro:
-Sí, yo también puedo amar; vosotras mismas lo sabéis por el
pasado. ¿No es así? Bien, ahora os prometo que cuando haya terminado


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