Bram Stoker


Fue como un milagro, pero ante nuestros propios ojos y casi en un
abrir y cerrar de ojos, todo el cuerpo se convirtió en polvo, y desapareció.
Me alegraré durante toda mi vida de que, un momento antes de la
disolución del cuerpo, se extendió sobre el rostro del vampiro una paz que
nunca hubiera esperado que pudiera expresarse.
El castillo de Drácula destacaba en aquel momento contra el cielo
rojizo, y cada una de las rocas de sus diversos edificios se perfilaba contra
la luz del sol poniente.
Los gitanos, considerándonos responsables de la desaparición del
cadáver, volvieron grupas a sus caballos y se alejaron a toda velocidad,
como si temieran por sus vidas. Los que iban a pie saltaron sobre la carreta
y les gritaron a los jinetes que no los abandonaran. Los lobos, que se man-
tenían a respetable distancia, los siguieron y nos dejaron solos.
El señor Morris, que se había desplomado al suelo con la mano
apretada sobre su costado, veía la sangre que salía entre sus dedos. Corrí
hacia él, debido a que el círculo sagrado no me impedía ya el paso; lo
mismo hicieron los dos médicos. Jonathan se arrodilló a su lado y el herido
hizo que su cabeza reposara sobre su hombro. Con un suspiro me tomó
una mano con la que no tenía manchada de sangre. Debía estar viendo la
angustia de mi corazón reflejada en mi rostro, ya que me sonrió y dijo:
-¡Estoy feliz de haber sido útil! ¡Oh, Dios! -gritó repentinamente,
esforzándose en sentarse y señalándome-. ¿Vale la pena morir por eso?
¡Miren! ¡Miren!
El sol estaba ya sobre los picos de las montañas y los rayos rojizos
caían sobre mi rostro, de tal modo que estaba bañada en un resplandor ro-
sado. Con un solo impulso, los hombres cayeron de rodillas y dijeron:
"Amén", con profunda emoción, al seguir con la mirada lo que Quincey
señalaba. El moribundo habló otra vez:
-¡Gracias, Dios mío, porque todo esto no ha sido en vano! ¡Vean!
¡Ni la nieve está más limpia que su frente! ¡La maldición ha concluido!
Y, ante nuestro profundo dolor, con una sonrisa y en silencio,
murió un extraordinario caballero.

NOTA
Hace siete años, todos nosotros atravesamos las llamas; y por la fe-
licidad de que gozamos desde entonces algunos de nosotros, creo que bien
vale la pena haber sufrido tanto. Para Mina y para mí es una alegría suple-
mentaria el hecho de que el cumpleaños de nuestro hijo sea el mismo día
en que murió Quincey Morris. Su madre tiene la creencia, en secreto, aun-
que yo lo sé, de que parte del espíritu de nuestro querido amigo ha pasado

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