Bram Stoker


embargo, parecían apresurarse cada vez más, mientras el sol descendía so-
bre las cumbres de las montañas.
Se iban acercando... El profesor y yo nos agazapamos detrás de una
roca y mantuvimos nuestras armas preparadas para disparar. Comprendí
que estaba firmemente determinado a no dejar que pasaran. Ninguno de
ellos se había dado cuenta de nuestra presencia.
Repentinamente, dos voces gritaron con fuerza:
-¡Alto!
Una de ellas era la de mi Jonathan, que se elevaba en tono de pa-
sión; la otra era la voz resuelta y de mando del señor Morris. Era posible
que los gitanos no comprendieran la lengua, pero el tono en que fue pro-
nunciada esa palabra no dejaba lugar a dudas, sin que importara en abso-
luto en qué lengua había sido dicha. Instintivamente, tiraron de las riendas
y, de pronto, lord Godalming y Jonathan se precipitaron hacia uno de los
lados y el señor Morris y el doctor Seward por el otro. El líder de los gita-
nos, un tipo de aspecto impresionante que montaba a caballo como un
centauro, les hizo un gesto, ordenándoles retroceder y, con voz furiosa, les
dio a sus compañeros orden de entrar en acción. Espolearon a los caballos
que se lanzaron hacia adelante, pero los cuatro jinetes levantaron sus rifles
Winchester y, de una manera inequívoca, les dieron la orden de detenerse.
En ese mismo instante, el doctor van Helsing y yo nos pusimos en pie de-
trás de las rocas y apuntamos a los gitanos con nuestras armas. Viendo que
estaban rodeados, los hombres tiraron de las riendas y se detuvieron. El
líder se volvió hacia ellos, les dio una orden y, al oírla, todos los gitanos
echaron mano a las armas de que disponían, cuchillos o pistolas, y se dis-
pusieron a atacar. El resultado no se hizo esperar.
El líder, con un rápido movimiento de sus riendas, lanzó su caballo
hacia el frente, dirigiéndose primeramente hacia el sol, que estaba ya muy
cerca de las cimas de las montañas y, luego, hacia el castillo, diciendo algo
que no pude comprender. Como respuesta, los cuatro hombres de nuestro
grupo desmontaron de sus caballos y se lanzaron rápidamente hacia la car-
reta. Debía haberme sentido terriblemente aterrorizada al ver a Jonathan en
un peligro tan grande, pero el ardor de la batalla se había apoderado de mí,
lo mismo que de todos los demás; no tenía miedo, sino un deseo salvaje y
apremiante de hacer algo. Viendo el rápido movimiento de nuestros ami-
gos, el líder de los gitanos dio una orden y sus hombres se formaron in-
stantáneamente en torno a la carreta, en una formación un tanto
indisciplinada, empujándose y estorbándose unos a otros, en su afán por
ejecutar la orden con rapidez.



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