Bram Stoker


su estuche sus anteojos y permaneció en la parte más alta de la roca, ex-
aminando cuidadosamente el horizonte. Repentinamente, gritó:
-¡Mire, señora Mina! ¡Mire! ¡Mire!
Me puse en pie de un salto y ascendí a la roca. deteniéndome a su
lado; me tendió los anteojos y señaló con el dedo. La nieve caía con mayor
fuerza y giraba en torno nuestro con furia, debido a que se había desatado
un viento muy fuerte. Sin embargo, había veces en que la ventisca se cal-
maba un poco y lograba ver una gran extensión de terreno. Desde la altura
en que nos encontrábamos, era posible ver a gran distancia y, a lo lejos,
más allá de la blanca capa de nieve, el río que avanzaba formando mean-
dros, como una cinta negra, justamente frente a nosotros y no muy lejos...,
en realidad tan cerca, que me sorprendió que no los hubiéramos visto an-
tes, avanzaba un grupo de hombres montados a caballo, que se apresura-
ban todo lo que podían. En medio de ellos llevaban una carreta, un
vehículo largo que se bamboleaba de un lado a otro, como la cola de un
perro, cuando pasaba sobre alguna desigualdad del terreno. En contraste
con la nieve, tal y como aparecían, comprendí por sus ropas que debía
tratarse de campesinos o de guanos.
Sobre la carreta había una gran caja cuadrada, y sentí que mi
corazón comenzaba a latir fuertemente debido a que presentía que el fin
estaba cercano. La noche se iba acercando ya, y sabía perfectamente que, a
la puesta del sol, la cosa que estaba encerrada en aquella caja podría salir y,
tomando alguna de las formas que estaban en su poder, eludir la persecu-
ción. Aterrorizada, me volví hacia el profesor y vi consternada que ya no
estaba a mi lado. Un instante después lo vi debajo de mí. Alrededor de la
roca había trazado un círculo, semejante al que había servido la noche an-
terior para protegernos. Cuando lo terminó, se puso otra vez a mi lado,
diciendo:
-¡Al menos estará usted aquí a salvo de él!
Me tomó los anteojos de las manos, y al siguiente momento de
calma recorrió con la mirada todo el terreno que se extendía a nuestros
pies.
-Vea -dijo-: se acercan rápidamente, espoleando los caballos y
avanzando tan velozmente como el camino se lo permite -hizo una pausa
y, un instante después, continuó, con voz hueca-: Se están apresurando a
causa de que está cerca la puesta del sol. Es posible que lleguemos dema-
siado tarde. ¡Que se haga la voluntad del Señor! Volvió a caer otra vez la
nieve con fuerza, y todo el paisaje desapareció. Sin embargo, pronto se
calmó y, una vez más, el profesor escudriñó la llanura con ayuda de sus
anteojos. Luego, gritó repentinamente:

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