Bram Stoker


lamentaron aterrorizados, como los hombres lo hacen en medio del dolor.
Hasta la locura del temor les fue negada, de manera que pudieran alejarse.
Sentí temor por mi querida señora Mina, cuando aquellas extrañas figuras
se acercaron y me rodearon. La miré, pero ella permaneció sentada tran-
quila, sonriéndome; cuando me acerqué al fuego para echarle más leña, me
cogió una mano y me retuvo; luego, susurró, con una voz que uno escucha
en sueños, sumamente baja:
-¡No! ¡No! No salga. ¡Aquí está seguro!
Me volví hacia ella y le dije, mirándola a los ojos:
-Pero, ¿y usted? ¡Es por usted por quien temo! Al oír eso, se echó a
reír... con una risa ronca, e irreal, y dijo:
-¿Teme por mí? ¿ Por qué teme por mí? Nadie en todo el mundo
esta mejor protegido contra ellos que yo.
Y mientras me preguntaba el significado de sus palabras, una ráfaga
de viento hizo que la llama se elevara y vi la cicatriz roja en su frente.
Luego lo comprendí. Y si no lo hubiera comprendido entonces, pronto lo
hubiera hecho, gracias a las figuras de niebla y nieve que giraban y que se
acercaban, pero manteniéndose lejos del círculo sagrado. Luego, comen-
zaron a materializarse, hasta que, si Dios no se hubiera llevado mi cordura,
porque lo vi con mis propios ojos, estuvieron ante mí, en carne y hueso, las
mismas tres mujeres que Jonathan vio en la habitación, cuando le besaron
la garganta. Yo conocía las imágenes que giraban, los ojos brillantes y du-
ros, las dentaduras blancas, el color sonrosado y los labios voluptuosos. Le
sonreían continuamente a la pobre señora Mina, Y al resonar sus risas en el
silencio de la noche, agitaban los brazos y la señalaban, hablando con las
voces resonantes y dulces de las que Jonathan había dicho que eran inso-
portablemente dulces, como cristalinas.
-¡Ven, hermana! ¡ven con nosotras! ¡ven! ¡ven! -le decían.
Lleno de temor, me volví hacia mi pobre señora Mina y mi corazón
se elevó como una llama, lleno de gozo, porque, ¡oh!, el terror que se re-
flejaba en sus dulces ojos y la repulsión y el horror, hacían comprender a
mi corazón que aún había esperanzas. ¡gracias sean dadas a Dios porque
no era aún una de ellas! Cogí uno de los leños de la fogata, que estaba
cerca de mí, y, sosteniendo parte de la Hostia, avancé hacia ellas. Se ale-
jaron de mí y se rieron a carcajadas, de manera ronca y horrible. Alimenté
el fuego y no les tuve miedo, porque sabía que estábamos seguros dentro
de nuestro círculo protector. No podían acercárseme, mientras estuviera
armado en esa forma, ni a la señora Mina, en tanto permaneciera dentro
del círculo, que ella no podía abandonar, y en el que las otras no podían
entrar. Los caballos habían dejado de gemir y permanecían inmóviles.

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