Drácula


estuviera muerta, y empezó a ponerse cada vez más pálida, hasta que tenía
casi el mismo color de la nieve; no pronunció palabra alguna, pero cuando
me acerqué a ella, se abrazó a mí, y noté que la pobre se estremecía de la
cabeza a los pies, con un temblor que era doloroso de ver. A continuación,
cuando se tranquilizó un poco, le dije:
-¿No quiere usted acercarse al fuego?
Deseaba hacer una prueba para saber si le era posible hacerlo.
Se levantó obedeciendo, pero, en cuanto dio un paso, se detuvo y
permaneció inmóvil, como petrificada.
-¿Por qué no continúa? -le pregunté.
Ella meneó la cabeza y, retrocediendo, volvió a sentarse en su lugar.
Luego, mirándome con los ojos muy abiertos, como los de una per-
sona que acaba de despertar de un sueño, me dijo con sencillez:
-¡No puedo! -y guardó silencio.
Me alegró sabiendo que si ella no podía pasar, ninguno de los vam-
piros, a los que temíamos, podría hacerlo tampoco. ¡Aunque era posible
que hubiera peligros para su cuerpo, al menos su alma estaba a salvo!
En ese momento, los caballos comenzaron a inquietarse y a tirar de
sus riendas, hasta que me acerqué a ellos y los calmé. Cuando sintieron mis
manos sobre ellos, relincharon en tono bajo, como de alegría, frotaron sus
hocicos en mis manos y permanecieron tranquilos durante un momento.
Muchas veces, en el curso de la noche, me levanté y me acerqué a ellos
hasta que llegó el momento frío en que toda la naturaleza se encuentra en
su punto más bajo de vitalidad, y, todas las veces, mi presencia los cal-
maba. Al acercarse la hora más fría, el fuego comenzó a extinguirse y me
levanté para echarle más leña, debido a que la nieve caía con más fuerza y,
con ella, se acercaba una neblina ligera y muy fría. Incluso en la oscuridad
hay un resplandor de cierto tipo, como sucede siempre sobre la nieve, y
pareció que los copos de nieve y los jirones de niebla tomaban forma de
mujeres, vestidas con ropas que se arrastraban por el suelo. Todo parecía
muerto, y reinaba un profundo silencio, que solamente interrumpía la agi-
tación de los caballos, que parecían temer que ocurriera lo peor. Comencé
a sentir un tremendo miedo, pero entonces me llegó el sentimiento de se-
guridad, debido al círculo dentro del que me encontraba. Comencé a pen-
sar también que todo era debido a mi imaginación en medio de la noche, a
causa del resplandor, de la intranquilidad, de la fatiga y de la terrible an-
siedad. Era como si mis recuerdos de las terribles experiencias de Jonathan
me engañaran, porque los copos de nieve y la niebla comenzaron a girar en
torno a mí, hasta que pude captar una imagen borrosa de aquellas mujeres
que lo habían besado. Luego, los caballos se agacharon cada vez más y se
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