Drácula


tiempo hasta que, por fin, sentí que las sospechas crecían en mí e intenté
despertarla, pero ella continuó durmiendo y no logré despertarla a pesar de
que lo intenté. No quise hacerlo con demasiada fuerza por no dañarla, ya
que yo sé que ha sufrido mucho y que el sueño, en ocasiones, puede ser
muy conveniente para ella. Creo que yo me adormecí, porque, de pronto,
me sentí culpable, como si hubiera hecho algo indebido. Me encontré er-
guido, con las riendas en la mano y los hermosos caballos que trotaban
como siempre. Bajé la mirada y vi que la señora Mina continuaba dormida.
No falta mucho para el atardecer y, sobre la nieve, la luz del sol riela como
si fuera una enorme corriente amarilla, de manera que nosotros proyecta-
mos una larga sombra en donde la montaña se eleva verticalmente. Esta-
mos subiendo y subiendo continuamente y todo es, ¡oh!, muy agreste y
rocoso. Como si fuera el fin del mundo.
Luego, desperté a la señora Mina. Esta vez despertó sin gran difi-
cultad y, luego, traté de hacerla dormir hipnóticamente, pero no lo logré;
era como si yo no estuviera allí. Sin embargo, vuelvo a intentarlo repeti-
damente, hasta que, de pronto, nos encontramos en la oscuridad, de
manera que miro a mi alrededor y descubro que el sol se ha ido. La señora
Mina se ríe y me vuelvo hacia ella. Ahora está bien despierta y tiene tan
buen aspecto como nunca le he visto desde aquella noche en Carfax, cu-
ando entramos por primera vez en la casa del conde. Me siento asombrado
e intranquilo, pero está tan vivaz, tierna y solícita conmigo, que olvido
todo temor. Enciendo un fuego, ya que trajimos con nosotros una pro-
visión de leña, y ella prepara alimentos mientras yo desato los caballos y
los acomodo en la sombra, para alimentarlos. Luego, cuando regresé a la
fogata, ella tenía mi cena lista. Fui a ayudarle, pero ella me sonrió y me dijo
que ya había comido, que tenía tanta hambre que no había podido esperar.
Eso no me agradó, y tengo terribles dudas, pero temo asustarla y no men-
ciono nada al respecto. La señora Mina me ayudó, comí, y luego, nos en-
volvimos en las pieles y nos acostamos al lado del fuego. Le dije que
durmiera y que yo velaría, pero de pronto me olvido de la vigilancia y, cu-
ando súbitamente me acuerdo de que debo hacerlo, la encuentro tendida,
inmóvil; pero despierta mirándome con ojos muy brillantes. Esto sucedió
una o dos veces y pude dormir hasta la mañana. Cuando desperté, traté de
hipnotizarla, pero, a pesar de que ella cerró obedientemente los ojos, no
pudo dormirse. El sol se elevó cada vez más y, luego, el sueño llegó a ella,
demasiado tarde; fue tan fuerte, que no despertó. Tuve que levantarla y
colocarla, dormida, en la calesa, una vez que coloqué en varas a los cabal-
los y lo preparé todo. La señora continúa dormida y su rostro parece más
saludable y sonrosado que antes, y eso no me gusta. ¡Tengo miedo, mucho
370

370