Bram Stoker


tan vivaz, no ha hecho casi absolutamente nada en todo el día; hasta ha
perdido el apetito. No hizo ninguna anotación en su diario, ella que tan
fielmente había escrito en cada una de nuestras paradas. Algo me dice que
no todo marcha bien. Sin embargo, esta noche está más vivaz. Su largo
sueño del día la ha refrescado y restaurado, y ahora está tan dulce y
despierta como siempre. Traté de hipnotizarla al amanecer, pero sin ob-
tener ningún resultado positivo. El poder ha ido disminuyendo con-
tinuamente, día a día, y esta noche me falló por completo. Bueno, ¡que se
haga la voluntad de Dios...! ¡Cualquiera que sea y adondequiera que nos
lleve!
Ahora, pasemos a lo histórico; ya que la señora Mina no escribió en
su diario, debo, en mi laborioso lenguaje antiguo, hacerlo, de manera que
ningún día que pasamos quede sin ser registrado.
Llegamos al Paso del Borgo un poco antes del amanecer, ayer por
la mañana; cuando observé los signos precursores del alba, me preparé a
hipnotizarla. Detuvimos la calesa y descendimos, con el fin de que nada
nos perturbara. Hice una especie de sofá con pieles, y la señora Mina, des-
pués de acostarse, se prestó a la hipnosis, como siempre, pero más lenta y
brevemente que nunca. Como antes, su respuesta fue: "Oscuridad y aguas
agitadas." Luego despertó, vivaz y radiante, y continuamos nuestro
camino, para llegar pronto al Paso. En esta hora y lugar, ella se llenó de un
nuevo entusiasmo; un nuevo poder director se manifestó en ella, ya que
señaló un camino y dijo:
-Este es el camino.
-¿Cómo lo sabe? -inquirí.
-Por supuesto que lo sé -contestó ella, y al cabo de una pausa
añadió-: ¿Acaso no viajó por él mi Jonathan y escribió todo lo relativo a su
viaje?
En un principio, pensé que era algo extraño, pero pronto vi que
sólo podía existir un camino semejante. Es muy poco utilizado, y suma-
mente diferente del camino real que conduce de Bucovina a Bistritz, que es
más amplio y duro y más utilizado.
De manera que tomamos ese camino. Encontramos otros caminos
(no siempre estábamos seguros de que fueran verdaderos caminos, ya que
estaban descuidados y cubiertos de una capa ligera de nieve). Los caballos
sabían y solamente ellos. Les dejaba las riendas sueltas y los animales con-
tinuaban pacientemente. Una detrás de otra, encontramos todas las cosas
que Jonathan anotó en el maravilloso diario que escribió. Luego, prose-
guimos, durante largas y prolongadas horas. En un principio, le dije a la
señora Mina que durmiera; lo intentó y logró hacerlo. Durmió todo el

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